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la otra semana no meto en almidón una pechera. Domingo, lunes, martes y miércoles: cuatro días de baile y de alegría por todo lo alto. Y que yo no me tapo la cara ni me visto de adefesio para dar bromas. Tal como soy, le embromo al lucero del alba. Sobre todo en uno de esos bailes finolis á los cuales van los caballeros de frac y luciendo las pecheras. Con presentarles la cuenta de la plancha, no quedaba allí ni el bastonero. Pero no; me divierte más ir con Alfonso al Circo de Colón, aunque es tan torpe que todavía no lia aprendido á bailar la habanera. Ayer le dije que teníamos que bailar mucho este Carnaval, y él me contestó: ¡Mira que vamos á hacer una plancha! ¿Otra? ¡lío le bastará con vivir d e la antigua! Nada, nada; cuatro días de baile, y que se fastidien las camisas en el taller ó que se embromen las unas á las otra. ¡Ese sí que sería un Carnaval con verdades como p u ñ o s! jgtt El hortera de iLa Paloma azul tienda de nería: ¡Ay qué ganas tengo de que llegue el Carnaval para ponerme guantes y que no se me vean los sabañonesl í í u n c a goza tanto u n joven de la presencia que á mí me distingue como poniéndose un dominó de treinta reales de alquiler tarde y noche, y guantes blancos recién salidos del quitamanchas. Luego, al Prado á dar bromas. ¿Te acuerdas de las quince varas y tercia de puntilla de algodón que me compraste? Y todas las muchachas dicen: ¡Qué máscara tan atrevido! Pero este Carnaval n o m e quitaré, como el año pasado, el guante de la mano derecha, aunque el sudor traspase la cabi- itilla. Por quitármelo el Carnaval último me conoció doña Dorotea. Máscara, no finjas más la voz- -me dijo; -te h e visto los sabañones. O eres Teobaldo el de La Paloma azul, ó te ha dado su mano ante el altar. ¡Y tuve que descubrirme para que viese que continuaba soltero de mí mismo! En el salón de la marquesa de Eboli: ¿De modo que este año no tenemos batalla de flores en el Eetiro? -Así parece, marquesa; y usted tiene la culpa. ¿Culpa yo, general, de que no se dé la batalla? ¡Y me lo dice usted que ha estado en Cuba! -Sí, marquesa; usted tiene la culpa de que no haya este año batalla de flores. Le han echado á usted tantas, que ya no quedan proyectiles. -Cabe reponer el parque. -Volaría si usted lo miraba. ¡General, esas disculpas no son dignas de un guer r e r o! ¡Se lucha s i e m p r e! -Eso hago 0, marquesa. ¿Dónde, general? -En el Senado. Allí se celebra este año la única batalla de flores con las más escogidas del Diccionario. El máscara de moda: ¿Me conoces? ¿me conoces? -Te conozco por el escalofrío que tu presencia me produce, y por el golpe de tos que acabo de sufrir. Eres el trancazo. El trancazo (quitándose la careta) -Te equivocas. ¡Soy la pulmonía! J O S É DE niiiUJOS DE íii. ANCO t OfíIS I- ÍOUKE