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I; Í de poda llega la brigada de buenos mozos, fuertes y recios, á podar los árboles arguellaos, y plantan sus tiendas en las alturas de nuestro gran bosque de Madrid. Yendo á verles, llega á figurarse el aragonés establecido en la corte que se ha trasladado á un oli var de Zaragoza; y oyéndoles cantar á coro, acuden á la memoria recuerdos de la infancia. El aragonés del campo no puede trabajar si no canta. Kl coro se improvisa; sin ponerse de acuerdo, cantan tcdos los podadores: Yo tenía, yo tenia, sí, í, I ay, ay, ay! una cadenlta de orí: i pun, pun I y al río se me cayó, si, sí, I ay, ay, ay y de sentimiento lloro, i pun, pun I Son buena gente; ni siquiera se enteran de lo que hay que ver en Madrid. Ellos vienen á podar, á coger los dineros y á volverse á la tierra. Para el artista son un verdadero hallazgo, porque con enfocar cualquiera de los pintorescos grupos que forman, se obtienen verdaderos cuadros campestres. Al que se permite sacar de ellos una instantánea, le rodean con infantil curiosidad Y al oir que van á salir en los papeles, todos reclaman u n a copia. -Ya nos dará usté un retratico de esos pa casa, ¿verdá? -Con mucho gusto. -Sí, pero en Madrid son ustés muy embusteros. -Gracias. ¡Denos usted palabra de caballero de que nos dará un papelcico de esos con su marquico pa colgalol t- ms w, ¿De ande seis? les pregunta á los podadores del Eetiro un aragonés que va paseando al azar y se encuentra con aquella tribu de, paisanos. ¿Pa qué lo quiés saber? responde uno de ellos, que no tolera que le tatée nadie. AKDO KL ALMUEHZO ¿á Palabra! Y los podadores, tan satisfechos, vuelven á escalar los árboles, y al verles subir, de pie como fantasmas, mientras abajo se va colmando el carro de ramas y hojas seca. s, recuerda uno toda aquella raza de hombres fuertes que trabajan y cantan, ¡y cantando batallaron, y cantando hiclian con el frío, y cantando pasan la vida! Y ahora que no hay pájaros en las altas ramas, mientras llega el mes de los gorjeos matinales de las alondras, de las alturas cao una lluvia de jotas, y las canciones caen envueltas en las amarillas hojas del álamo: Zaragoza, Zaragoza, Zaragoza de mi vida, no me llamos, no me llames, i que allí me voy de ¡iguída ¡EufEBto BLASCO LA ULTIMA OPEKACrON Fotografías de Muñoz de Bienn