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iiabía un paquete de cartas, amarillentas por el tiempo, con sus sobres cerrados y sus señas escritas en caracteres desiguales y torcidos. Y comenzó la lectura. de las cartas. Ka unas no había más que insultos para el conde; en otra? súplicas; en otras, amenazas. Cada frase era acogida con general chacota, y cuando se llegaba á la firma volvían á recordarse por todos la hermosura de la interesada, su carácter, sus defectos morales (3 físicos, todo lo que allí sabían de ella y todo lo que suponían cuando tlojaban inventar á su maldad refinada. Sebastián ni atendía ni excusaba su interés; se le hacía el tiempo eterno, y parecía agobiado de mi pesar grande, como si en aquel desfile de honras infamadas él tuviera alguna parte y fuera eómplice de las picardías del conde. Llegó la última carta. límpezaba de una manera singular. Hace un año- -decía- -que recibí la carta c u q u e me ma; nifestabas tu resolución de abandonarme para siempre, o pensaba contestarte, pero voy á mo T rif, y yo no puedo abandonar el mundo sin que sepas que tienes una hija que lleva mi apellido, ya que no puede llevar el tuyo, y a quien he puesto mi nombre. Te espero con la ansiedad de W quien sabe que si tardas más de un día quizá llegues tardo. N. l Hubo un momento de silencio horrible. Veintidós años había tardado el conde en enterarse de aquella noticia. YA vino, que es la alegría, casi siempre aumenta la tristeza cuando el borracho experimenta una sacudida de dolor grande. Kntre aquellos hombres había quien tenía los ojos lle nos de lágrimas cuando se acabó la carta. ¿Pero es que nos va á dar por la sensiblería? -dijo el conde dominando su emoción. ¿No se puede conocer la firma? -gritó el más sereno. El conde volvió á coger la (tarta y leyó con voz temblona: Teresa Andiola. Sebastián se puso en pie pálido como un cadáver v como movido x or un resorte, y cuando le miraban los comensales con ojos espantados, un grito terrible lanzailo desde la puerta del comedor estremeció á todos. Teresa, la novia de Sehastiáu, había aparecido en el dintel enrojecida por el horror de lo que acababa de í í escuchar. Fd conde, despavorido, se tapó la cabeza con las nutnos. h: í J alma en pena! -gritaba con voz cavernosa. -I a he visto bien son sus facciones. Sebastián se acercó á Teresa sin atreverse á hablar una palabra. Los convidados y los criados, que habían acudido á los gritos de la anterior escena, trataban en vano do serenar al conde, que boca abajo sobre un diván, se negaba á separar las manos del rostro, -epitiendo: ¡Es ella! ¡Que se la lleven! Teresa adelantó algunos pasos, y con voz entrecortada exclamó: -Ko soy ella; soy su hija la hija de usted. Y cayó sin sentido en brazos de Sebastián, que se apresuró á sacarla de aquel recinto. Mientras venía un médico, que se llamó á todo escape, un criado explicó la presencia de aquella mujer en la casa: había acudido buscando al señorito Sebastián, y éste había dado orden de que no se dijera nada á su tío. La curiosidad de lo que pasaba en el comedor la había acercado á la puerta, sin que ningún criado se bu hiera atrevido á impedirlo. El conde de Campo Alejo, trasladado á su lecho, envejeció en aquella noche como si hubieran pasado sobre él diez años, y contrajo una enfermedad que los médicos llamaron neurastenia, porque no sabían qué nombre darle. Trasladado en seguida al campo, todavía se le ve en una finca que posee en Andalucía paseando sin cesar, demacrado y asustadizo, con una cajita de madera bajo el brazo, y diciendo á los trabajadores que encuentra al paso: ¿Habéis visto nadie más estúpido que yo? ¿Pues no creía encerrar en esta caja todas las alegrías juveniles, y he conservado cuidadosamente todos los remordimientos? EMin- o SÁNCHEZ PASTOR D I B U J O S D E MEN DEZ BRINCA