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ñeras cautivaron á la tía de Teresa, que favoreció las relaciones desde el primer instante, Juzgando que era para Teresa un brillante porvenir aquel joven de porte aristocrático. El lunes anunciado por el conde de Campo- Alejo en el Casino, el comedor del palacio que habitaba estaba iluminado y adornado como en los días de gran fiesta. Rara vez en aquella casa se iluminaba espléndidamente el comedor. Vivían solos en ella el conde y su sobrino Sebastián; almorzaban allí todos los días, pero generalmente comían, ó convidados en otras casas, 6 en el Casino. Había aquella noche cuatro comensales: cuatro -ejetes compañeros de aventuras del conde, que allí iban á conocer el último acto, el desenlace de algunos dramas á cuya exposición todos habían asistido. A las ocho y media empezó la comida. El conde, resplandeciente de alegría, ocupaba una de las cabecera- de la mesa; en la otra, y frente al conde, estaba Sebastián inquieto, pálido, azorado y sin tomar parte directa en la charla general que alegra la comida desde el primer instante. Pronto se comenzaron á citar fechas y hechos; aunque al parecer se trataba sólo del epílogo de los amoríos del Conde, ninguno de los comensales quiso quedarse atrás. Todos tenían una aventura que contar y algunas que inventar. Cuando se citaba un nombre conocido de los cinco, las carcajadas eran generales. Se repetían las señas personales de la interesada, las condiciones de su carácter, detalles que todos hacían alarde de conocer y Sebastián, que era el linioo que no tenía noticia de las mujeres que se nombraban, resultaba el interlocutor o) ligado de los cinco viejos, porque todos se dirigían á él para que se asombrara, p a r a que admirase sus proezas y para que fuera aprendiendo, según le decían con la insistencia que en cada cual iba produciendo el repetir de las libaciones. Cuando después, mezclado el vino blanco del pescado con los borgoñas más añejos, la confianza fué ganando terreno, el conde de Campo Alejo tuvo que aguantar algunas confesiones mortificantes. Después de transcurrir tantos años, y aquellos amigos confesaban i h a b í a n hecho con las que él creía sus enamoradas más fieles. L a mitad de lo que con- taban era) nentira, quizá todo, pero resultaba muy humillante para su reputación de conquistador, y sobre todo delante de su sobrino, en cuyo ob. -íequio parecía 0 lebrarse aquella función. Momentos hubo en que estuvo por enfadarse, pero nada más ridículo que el estallido de unos celos jjó- tumos, y se resignó á aguantar- que le siguieran hiriendo en lo vivo, sin atreverse á desmentir el relato de las más absurdas iníidelidades de pobres mujeres que quizá, si l- abían conocido á aquellos comensales, había sido sólo para despreciarlos. Acabada la comida, llegó el momento solemne. Los criados sirvieron el café y se retiraron, y el conde, radiante de júbilo, sacó una cajita de madera donde