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íLr- 4 A ULTIMA CART. ¿Con que has peiiaado cu serio eso de casarte? -decía el conde de uripo Alejo á su sobrino í ebastiáii ¡1 el momento en qne, acabando de comer en el (gasino de Madrid, se disponían A touiar el café. -Tío, lo declaro con rubor: pero lo había pensado. Si usted conociera á Teresa, me disculparía. -Supongo que esa idea te habrá durado poco en el cerebro; tienes mi sangre, eres nd heredero único, debes liensar como yo. Ya ves, soy soltero, y me he divertido machísimo en el mundo. Tu Teresita será un ángel, pero ahí está el mayor de los goces humanos; convertirla en un demonio. Con mi dinero eso te es tan fácil oino á mí. Ya conoces mi especialidad; yo me he burlado de varias mujeres en el curso de mi vida. ¡El aliandono después do muchas protestas de amor! ¡Qué placer tan inmenso! El miedo de ser sorprendido el afán e huir la persecución ¡qué de nuevos alicientes! Luego el olvido, y á buscar otra para bui larla también. Til no sabes los encantos que tiene eso. -Pero tío, ¿y si se trata de nna mujer á quien adoro? No conozco el caso- -contestó el conde con un tono de fatuidad insopoi íable. Sebaftián no insistió; quería variar de conversación y se puso á tomar el cale á grandes sorbos para desjiedirse cuanto antes; pero el tío volvió sobre la materia, y después de referir á grandes rasgos sus aventuras amorosas, como quien va á descubrir un gravísimo secreto, aproximó su silla á la de Sebastián, y le dijo; -Además, te aconsejo que hagas lo que yo. I, as cartas en que respondían e l l a s á aquélla en que yo les niajüfestaba que habíamos concluido, las tengo sin abrir. ¿Sabes para qué? Para romper ahora el sobre, y en plena vejez gozar con los recuerdos de la juventud. La última carta de cada una es para mí ahora nueva. Al leerlas me voy á quitar muchos años de encima, voy á sentir vivas todas las emociones de antaño El lunes tengo citados á (matro andgos en casa para alirir esas cartas después de comer. Te permito que asistas, para qne te instruyas. Decididamente á Sebastián le mortificaba e! relato, y al primer punto que hizo el conde en su couveivsación, se levantó de la silla y se despidió para el teatro Real. El conde se quedó pensando que los jóvenes del día no tenían el empuje ni las agallas de los de su tiempo, v Sebastián, aumiue le mortificaban las proposiciones de su tío, andaba como avergonzado de que un viejo le tuviera que dar lecciones de calaveradas. ¿Pero aquellas nrajeres eran como Teresa? Serían otras, sin duda alguna, poríjue lo que es esa no era capaz de aceptar como buenas las teorías de su tío respecto al amor, ni el de predicárselas, aunque esto constituyese una cobardía que por espacio de muchos años habría de dar pretexto á las más sangrientas burlas de aíjuél. E n lo que no estaba dispuesto, sobre todo, á imitar al conde era en lo del abandono d é l a víctima, liso jamás- -se decía Sebastián; -dado caso que quisiera escu (diarme, nunca abandonaría yo á Teresa. Mi tío confunde la calaverada con la ini amia. Una osa es la traición y otra el cri ¡nen; lo último no lo haría yo jannis ni con Teresa ni con nadie. Y embebido en estos pensamientos llegó á casa de Teresa, á quien había conocido en un balneario de las Provincias Vascongadas durante el último estío. Teresa no tenía más pariente que una tía anciana con quien habitaba v que la acompañaba á todas partes. Las condiciones de carácter de Sebastián y sus simpáticas jna