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I J s 1 A LA TUERTA DE LA SALA -Y ¿de qué vives ahora? -Pues ya lo ves: de testiy: Hace tiempo que se estaba jioniendo mal el oficio y entro pasarse la vida hecho un golfo distinguido liidiendo siempre prestadas dos pesetas á un amigo, ó venir á las Salesas á prestar en un juicio declaración, me parece que lo segundo es más digno. ¿Quién lo duda? -Y que la cosa no tiene ningún peligro. E n cuanto que ocurre un crimen de esos que meten ruido, ó hay una trifulca de esas de puñaladas y tiros, me presento al juez de guardia ó al inspector del distrito diciendo que casualmente pasaba por aquel sitio, y figuro en el sumario en calidad de testigo. IJega la vista, m e llaman, vengo aquí tan decidido, contesto á las generales de la ley y ¡al avío! Porque en las declaraciones ya sé yo lo que me digo pai a no contradecirme ni buscarme un compi omiso; y después al presidente le coloco el discursito: Oon el debido respeto, á la Sala le suplico se siroa ordenar me abonen los diez reales que he perdido, que son la manutención de mi mujer y mis hijos ¡Y me dan el medio duro, como tres y dos son cinco! liste mes está algo flojo, ¿Por qué? -Porque no he tenido nada más que tres escalos, unos catorce homicidios, media docena de estafas, diez robos á domicilio y u n par de lesiones levos. ¿Dónde? -Aquí, junto al hocico. Pueron cuatro bofetadas que m e propinó el sobrino de un procesado muj bruto que se disgiistó conmigo por ser testigo de cargo, y se cargó- ¡Me lo explico! -Es el único percance; en cambio, los hay muy finos, y según lo que declaras, pues te obsequia con pitillos la familia, y te convidan á una botella de vino ó algo más. -Me lo figuro. -Bueno, pues te dejo, chico. Voy á la Sala segunda i declarar ahora mismo; tengo allí u n asesinato- ¿Cómo, cómo? ¡Terrorífico! -Pero ¿no te da vergüenza? ¿Vergüenza de qué, so primo? Pues si no me busco así los garbanzos del cocido y perece la familia, i sería yo el asesino! Conque adiós, no me detongo, qiie va á empezar el juicio. Si sabes de algún escalo o de algún infanticidio, me avisas. -Descuida, hombre. -Y si te ocurre á ti mismo y tienes alguna bronca ó te metes en un lío, ya sabes que puedes siempre disponer de mis servicios; y en cuanto que sean mayores y hablen ya mis tres chiquillos, ¡vaya si los hago yo debutar como testigos! Y excuso decirte el sueldo: ¡dos dm- os cada juicio! E É U X LIME IDOUX DIBU, IO DE HUERTAS