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fívA 5 t 5 p vtv PONER LAS HERAá Á CUARTO Absurdo á todiis IUCCH eva ¡Kinol Misteuiíi tiránico según el cual la vara del señor alcalde lijaba el precio do los artículos en los reuonibrados mercados y l eI as, tan famosos en la historia del comercio. I ero ¡dudablemente es más abusivo y mucho más perjudicial para el consumidor el actual sistema, se; gún el cual los acaparadoi es, los asentistas, los gremios A ó B elevan, con pretexto ó sin él, los precios de los artículos de primera necesidad. Kecuérdese que el año pasado un vendedor de zorros y pluineros vendía más cara su mercamtía con motivo de la subida de los cambios! Pues bien; éste y otros abusos que no hay para qué recordar en este Madrid de los tahoneros, de los carniceros y demás scñoi es de horca y cuchillo, ó por lo menos de cuchillo sin horca, no podrían prevalecer si la autoriilad municipal contase con las atribuciones dictatoriales de un alcalde corregidor ó de cualquier alcalde de monterilla de esos que ha eternizado la musa cómica de nuestros viejos saínetes. A uno de dichos alcaldes en el pleno uso de sus olímpicas facultades se atribuye el origen de la frase proverbial Poner las peras á cuarto. Y fué como sigue: Hervía de gente la jjlaza mayor del pueblo. Como jueves y día de mercado, habían acudido bis coniadi- es y los vendedores: aquéllas con objeto de proveerse para toda la semana y éstos para hacer el negocio lo más i- edondo posible. VA señor alcalde, con su capa mu cumplidita y su vara dos veces más alta que la autoridad n u r nicipal, acudía, seguido del alguacil, á todos los sitios donde se reclamaba su presencia, que eran muchos á la vez, por lo cual el homlire no se daba punto de reposo. Aquí recogiendo un peso corto, allá echando mía multa, acullá volcando en el suelo una canasta de fruta averiada, y en el otro lado mandando prender á tal ó cuál vecino lenguaraz, el señor alcalde recorría el mercado de abajo á arriba, cuando llamaron su atención imas i) eras riquísimas, que entre otras niás chicas y menos sazonadas vendía un hortelano de las cercanías. Precisamente, enti- e el vendedor y una parroquiana se armó una disputa, que logró i- eunir buen número de curiosos, y allá so fué, en medio del corro, el señor alcalde, dispuesto á enarbolar la espada de Themis, ó mejor la balanza de Astrea, como chirimbolo más propio de aquel lugar. ¡A ver! ¿qué ocurre? -Pues miro usted, señor alcalde, que este hombre me pide una barbarida l por esas eras. -Señor alcalde, yo no pido más que lo justo. ¡Silencio me llamo! -clamó la autoridad. -Ahora mismo se va á arreglar todo. Usted puede vender estas peras- -añadió señalando á las más menudas y de peor aspecto- -al precio que usted quiera: á real, á dos reales libra; como le dé á usted la gana; pero estas otras- -y señaló con la vara á las más lucidas y hermosas- -tiene usted que venderlas á cuarto la libra, ¿lo oye usted bien? -Sí, señor. -Bueno, pues ahora- -y el alcalde sacó un pañuelo azul como una sábana- -póngame usted aquí una libra de las baratitas, de las de á cuarto. ANTÓN DIBUJO DE ESTEVAN MAKTIK