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L A S SEIS DE LA MAÑANA Madrid, como todas las grandes capitales, ofrece diferentes aspectos en las distintas horas del día, y pnede decirse que cada iiora tiene su carácter, su fisonomía especial, que no se parece á la que le ha precedido ni á la que le sigue. Tipos y escenas cambiaii; los que corresponden á un determinado momento pasan y desaparecen, dejando el sitio en el gran escenario de la calle á los que con arreglo á las costumbres deben seguirles. Estudiar este cambio y darlo á conocer según lo hemos visto parécenos tarea interesante, y vamos á ofrecérsela á nuestros lectores en estas páginas. La vida madrileña no principia en invierno hasta las seis de la mañana. Las escasas figuras que apresuradamente cruzan el escenario momentos antes, son rezagados de la noche anterior, que trastornando el orden de la natxiraleza viven en la sombra y huyen de las primeras luces del día. A las seis se toca diana en los cuarteles, y como si ésta fuese la señal convenida, al propio tiempo que los soldados dejan el lecho, los madrileños madrugadores 01 mienzan á salir á la calle El albañil, con su chaquetón sobre) a bhisa de trabajo, calada la boina hasta las orejas y provisto r- de la bolsa qxia con- i tiene su desayuno, es una de las primeras figuras que pisan la escena. Va. á la obra, y como la obra suele estar lejos, porque él vive en los arrabales de Madrid, que están lejos de todas partes, necesita salir de casa una hora antes de sonar la campana para que dé comienzo el trabajo El frío que entumece sus mienjbros debe hacerle pensar on la burguesía, que descansa sin cuidados ni preocupaciones; mientras él va á exponer su vida en el andamio, los favorecidos por la fortuna reposan de la fatiga que les produjo la fiesta de la noche anterior; pero á esta diferencia, que él juzga irritante, deben su vida los obreros, porque esos burgueses que triunfan y derrochan son los que construyen casas y emprenden obras, mediante las cuales encuentran un medio de vivir los q u e ca. recen de bienes de fortuna. lis el frío mal consejero, y- pQj. gg -Q gjj j g mañanitas 1, heladas suele acentuarse el 4 pesimismo de los trabaja J dores. Para contrarrestar e s t e efecto, la previsión de los ta, berneros le tiene preparado á la puerta de los establecimientos el tenderete de las chopas. Como el albañil no al muerza hasta las doce, y el y desa uno es para él un lujo desusado, ha de mat tr el gusanillo con media de lo fuerte. Esto calienta, calma las exigencias del estómago y aplaca un jioco sus furores; y como denti o de u n instante el sol vendrá á completar la obra de desentumecer sus miembros ateridos, no será extraño oírle cantar en el andamio, como si fuese el más feliz de los mortales. Un campanilleo sonoro vibra en el silencio de la mañana. Son las burras de leche, que con una abnegación impropia de su clase, van á proporcionar á los enfermos que lo necesitan el antídoto para la tos. Las campanillas y la voz destemplada del burrero que avisan á los necesitados de este servicio, suele molestar á los sanos, á los que viene á interrumpir el dulce sueño de la mañana. En estas mañanitas crueles del invierno debe de ser cuando germinan en su m e n t e las ideas de disolución que el mitin le metió en la cabeza.