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d; is le un rojo al o obscuro sembrado de tornasoles. Cuando Manuel doblaba la esqnina de la calle en que vivía la j o v e n se llenaba, basta más no poder, los pulmones de aire, llevábase la mano á la mejilla, como hacen algunos pregoneros, y decía con la voz llena de vaguedad y dulzura: ilacoxatas de pensamiaceentos dooonbles! Una de las nuicbas veccí, que lo mandó subir 2 Iaria, encontróse el desorientado vendedor con una no -edad que lo estremeció hasta lo más hondo del alma. Hallóse con que al lado do ella había un joven distiji guido, el cual revolaba en sus palabras y en su acti tud ser el novio de la complacida compradora. La faz de Manuel se puso pálida, porque aunque él nunca so ñó con que María pudie- e dirigirle la menor) alabra de simpatía amorosa, ami en el corazón más desengañado, la esperanza encien de una luz tenue é indecisa que hace cotu: ebir ilusiones. Tomó el novio una de t las macetas d e pensamientos en sus manos, una en hi cual observó que se había fijado la j o v e n y preguntó su l) recio al vendedor. lietorcido Manuel por una angustia suprema que no le perm i t í a barajar bien l a s palabras, -Según p a r a quien sea la m a c e t a -d i j o procurando iluminar BU cara con u n a amable oui sa. -Para usted, si la quiere añadió, vale una peseta; par; la señorita, si la desea, no valí nada; me ha comprado tanta; macetas, que hoy lo traía o; ií i de regalo; y otra estoy cuidan do aliora, volvió á añadir, allí en un sitio de la huerta, que desde luego pido permiso á 1 Í señorita alaria para en su tiem po ofrecérsela también comci regalo. -Xo dirás, dijo el novio con teniéndose, q u e no te salen vendedores d e nuicctas, g a lantes. ¡Pobre! contestó olla. L (tengo cierto cariño á Manuel, porque es un vendedor de flores t, muy artista, que expende sus tiestos como si fuese un poeta. -Gracias, señorita; no soy n a d a de eso; sólo que me gusta que no vaya el burro desarreglado. -Pues si es que tanto te gusta esta maceta, según el vendedor, quiero ser yo quien te la regale. Tome usted los cuatro reales que pide. Tomólos, un poco picado, Manuel; bajó las escaleras como si llevase u n a losa do plomo en el corazón; arreó el burro sin saber lo que hacia, y con voz ijue se dijera -elada por las lágrimas, cantó: de pensamiecscntos doooUes. So quiso pasar Manuel, durante tiempo, por la calle donde habitaba María, porque el corazón se le echaba á palpitar de tristeza sólo con suponer que pudiera divisui- los balcones que él tanto había mirado; perú ciüdaba con una especie- do culto ile amor aquella m: iceta prometida á la joven; la rodeaba de los más e. xquisitos cuidados; la ponía, para reservarla del frío, á la luz del sol; la colocaba otras veces, p a r a preservarla del calor, á la sombra; y si hubiera cabido en lo humano, Manuel Imbiese convertido su pocho en una estufa para encerrar en ella, como en un sagrario, aqueHa esplendorosa mata de flores. Pero la había prometido, y por ser para quien era, no podía él dejar de cumplir su ofrecimiento. Kngalanó u n d í a el burro todo lo mejor que supo hacerlo; lo colocó enciüui las macetas más vistosas; y cogiendo en un brazo, contra su echo, la que había de poner en manos de María, cruzó por I) l a z a s y calles, y, por último, penetró en la que no había visto durante tanto tiempo. Más que por el tenue soplo del aire, los jjensamientos cogidos contra su pecho t e m b l a b a n al golpe desatinado y loco del corazón sob r e q u e descansaban. Llegó á la casa de María; subió á duras penas la escalera entre muchas personas que subían y bajaban, y que le hicier o n concebir triste presagio; llegó á la habitación; penetró, con el sombrero en la mano, y hallóse de improviso con un cciutraste brutal, horrible, inmenso. La pobre señorita hallábase encajada en un ataúd, sobre cuyas labores de oro las luces de u n a s h a c h a s producían tembloreos amarillos, como el color sin vida de la n- merto. Echóse Manuel á llorai- pisoteó con desesperación el sombrero arrojado al s u e l o y sintiendo que iba á caer él también presa de un accidente, quedóse mirando la cara de la muerta entre la estupefacción de los circunstantes; arrancó luego, de un puñado, todos los xiensamientos do la maceta, y rociándoselos á María sobre la frente, dijo temblando de eria A de amor: ¡Para ti los cuidé, pobre María; llévatelos sobre la frente, y acuérdate de este infeliz que tanto te (p. iiso! Salió como loco la escalera abajo; arreó el burro, cuyas llores le parecieron todas negras; perdióse á lo largo de la calle, y al doblar la esquina cantó con el alnuí hecha pedazos: -i Maceícitas da pensamieccntos doooules! SALVADOR i) ii; c, Os i ¡i: u RL KDA