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r- m LA MACI T DE PENSAMIENTO? H -i; v- En Madrid llamaba la atención, hará cosa de cinco años, la gracia y el arte con que un vendedor de florea, Joven, cargaba las macetas que pregonaba, en un burro bien cuidado, al cual conducía por calles y plazas, como uien conduce poco menos que una vitrina atestada de plantas primorosas. Y me ha contado Antonio Perrín, con voz emocionada y lenguaje pintoresco, la historia de aquel vendedor (le flores, digna por lo bella de transcribirse á un cuento interesante. Llamábase el vendedor Manuel; era andaluz, nervioso, cenceño, roncero al hablar con las mujeres, á muchas de las cuales había engañado, y atento siempre á; sacarle provecho á lo ajeno, usando apariencias de honradez. Eran notas características de su ser la falta de delicadeza y de sentimiento, el orgulloso despego hacia todo l) ien recibido, la altivez infundada y una hipocresía adquirida en su rodar por el mundo, mediante) a cual, Manuel, siendo falso, parecía verdadero; siendo interesado, parecía generoso; y siendo calculador y frío, aparentaba ser un andaluz todo expresión, gracia, franqueza y amor; hay que advertir que su corazón, lleno de disimulada perversidad, había sido siempre incapaz de enamorarse. Pues tan hábil en embozarse en apariencias como era, y tan duro é insensible de alma, Manuel cayó de bruces, el día menos pensado, ante los ojos grandes y azules de una mujer, tanto más deseada por él, cuanto que ella era inaccesible á un hombre obscuro y pobre como era el dueño de la carga de flores. El día en que Manuel cayó, de largo á largo, ante la luz diáfana y envolvente de aquellos ojos de María, fué el día en que la joven, valiéndose de una criada, mandó llamar al poseedor del jardín ambulante para comprarle una maceta de pensamientos. Maceta fué, que con ella compró la jovial y atrayente María al vendedor, no sólo la única mata de pensamientos que éste llevaba, sino todos los que habían de nacer en el cerebro del deslumhrado Manuel. ¡Tropezar así en dos ojos un mal corazón, un alma de hielo, un truhán! Era para quedarse con la boca abierta á causa del asombro. Y más admiración aún producía ver que el altivo, que el desdeñoso mozuelo empezó desde aquel día á exponer con más arte la carga de flores á entonar con más acariciadores dejos su pregón, que desde luego era engañosamente dulce, como el corazón de quien lo cantaba. de -escuchábase por las calles de Madrid, como si un valiente tenor lanzase una más valiente fermata. Quienes compraban y quienes no coinpraban flores, al oir la música quedábanse con el oído pendiente de ella, hasta que la voz se perdía, delicada y brillante, á lo lejos. La carga de flores recordaba algunos días, por lo bien distribuido de sus macetas, un altar flotante, que encantaba los ojos con su belleza. Los estrechos casilleros de esparto tendidos en hileras sobre el animal, sostenían un á modo de muestrario de tiestos que producía deslumbramientos en las retinas. En el centro de la carga, macetas de claveles cimbreaban sus flores al compás uniforme del paso, y en derredor de ellas, matas de geranios vivísimos, encantadoras verbenas y grupos de heliotropos mezclábanse con diminutos rosales de olor, con borlones que parecían de encendido terciopelo, con plumas de Santa Teresa anchas y rizadas, con alelíes de un encarnado dulce y simpático, y con marimonas nutridas de hojas y teñi-