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v, bosquecillo un seg- nndo iaño nazo. Disipóse la humareda, y los dos amibos fijaron ansiosamente su mirada en el matorral. El pájaro no hahía caído, í y eosa extraña, ni siquiera había levantado el vuelo. ¡Qué torpe eres! dijo Enrí. jiiez; Carga de prisa la pistola, y dámela; verás cómo hago blanco. -Cargó Pedro la pistola, y se la entregó á su amigo. Disparó éste seguro de cobrar pieza, y cuando clareó el luimo vieron que el pájaro ni había i. JsáP caído ni había volado. Juan, furioso, se abalanzó al matorral, metió la mano entre sus espinos, y cogió el pájaro. ¡Cómo había de levantar el vuelo el pobrecillo, si tenía las dos alas rotas y los huesos de ellas c a r c o m i d o s de enfermedad! i Pero no le había tocado ni un solo perdigón! -i Vaya, que hemos estado torpes! dijo Juan. Y ¿qué hacemos con este pájaro tan triste? -Y era verdad que el infeliz les miraba como si tuviese alma en los ojos. -Déjalo en el matorral que se cure, dijo I edro. -O que se muera, exclamó Enríquez. Y lo arrojó entre los espinos, ñu cuerpecillo miserable se hundió en la maleza. Cuando Enríquez fué un hombre heredó de sus padres pingüe fortuna; se dedicó á la política, y alcanzó elevadas posiciones líi- a apuesto, elegante, simpático á todos, de carácter alegre, y gozaba uuicha suerte en amores. Tenía todo eso que dicen que es la dicha: nombre, posición, riquezas, apostura, salud, atrevimiento, alegría Su amigo Pedro, por el contrario, arrastraba consigo todas las penalidades de la vida. Quebró el comercio de su padre, y vínose á Madrid, suspendiendo estudios, para entrar de dependiente en un tenducho miserable. A fuerza de ahorros y privaciones consiguió reunir un poco de dinero para establecerse. Se casó con una mujer mucho más pobre que él, creyéndola agradecida, y n Mpeuífs la miseria entró nuevamente en la casa de l edro, entró también) a infidelidad, (hi día le abandonó su mujer, dejándole con ima niña de corta edad y enferma, único fruto de su desdichalio matrimonio. Núñez, obscurecido y tímido como todo ser infeliz, no había molestado jamás al dichoso Enríquez con sus cuitas. Súpolas éste por azar, y corrió á casa de ísúñez. Elegó cuando una nueva y terrible desgracia pesaba sobre él. Su bija, su único amor, su única ventura, había muerto. Y estaba Pedro tan hecho á la infelicidad, que cuando le desasieron los carifioso. s brazos de Enríquez contó á éste toda su vida sin que á sus ojos asonjara una sola lágrima. Al despedirse de su amigo, tras de ofrecerle fortuna, protección y cariño, vio Enríquez encima de una mesa el terrible pistolón que compraron en su niñez, y que Pedro había conservado siempre como un recuerdo de aquellos felices días. -Mira, m e l ó llevo, -dijo Enríquez, como temeroso de que su amigo pudiera aplicárselo un día á la sien para terminar sus males. -Llévatelo- -dijo l e dro, sonriendo agradecí do y resignado; ¡pero ya sabes que no mata á los tristes! Sí, tenía razón Pedro; no hay que temer por los que sufren desdicha tras desdicha, y con las nuevas acallan las pasadas; para esos es esquiva la muerte. líl pájaro feliz, el (pie se esponja al sol y (ianta como un loco, ese cae al primer disparo, disparo (pie c irta juntas su cancinn y -u vida. Crc (j ijue el desgraciado Pednj Mnñez debía de recuperar su pistolón! ¡No estil seguro ¡n manos del elicísimo Enríquez! ÍOSK DH l l O E R K