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EL PAJARO FELIZ J u a n Enn quez y Pedro Núñez erau inseparables amaradas. Estudiaban el mismo ailo en el Instituto y compraban á medias los cigarrillos. Travesura que el uno proponía, era inniediatamento aceptada por el otro. Tormaban siempre rancho a p a r t e de sus ompañeros de estudios, y éstos les designaban con el mote de la pareja Ayer hizo calva la pareja á la clase de Geometría solía decirse en los claustros del Instituto; y hasta los mismos profesores, cuando Enríquez, por ejemplo, no sabía la lección, se lo preguntaban inmediatamente á IS úñez, seguros de que tampoco respondería una palabra. J u a n y Pedro partían, por lo tanto, todo: hasta las malas notas. Enríquez era de familia rica y distinguida; Núñez hijo de comerciantes poco afortunados; el primero era un muchacho guapo y atrevido; el segundo, feúcho y t i m i d o t e Hermanaron sin duda por la atracción de los contrastes, y grandes debían de ser los que entre ellos existían, cuando i or ellos se anudó amistad tan sólida y duradera. IJn día ambos amigos decidieron comprar á hurto de sus padres una pistola para cazar pájaros. Economizando en el fumar, lograron reunir unos cuantos reales, y con ellos mercaron en una tienda de ropavejero un infame pistolón, con más la pólvora y los perdigones necesarios para la caza. Poseedores de la arma terrible, corrieron al cam- K o- po, haciendo c a l v a á la clase de Psicología, y con t- rS LA t was i f T A K K KSff í 4 1. el propósito de no dejar pájaro sano en los alrededores de su ciudad natal. Apenas salieron de ésta, cargaron la pistola y se metieron por un bosquecillo, con paso quedo para no espantar la caza. De pronto oyeron cantar un pájaro. ¿Has oído? dijo Pedro. -Sí; qué alegre canta el condenado. ¿Dónde está? -No le veo. -Ah, yo sí; mírale allá, en lo alto de aquella rama, donde da el sol. -Sí, ya le veo. -Anda, anda, y cómo canta. ¡Se conoce que está muv satisfechoI -Mírale qué saltitos da. ¡Y cómo se esponja al solj- ¿Le tiro? -Tírale, pero no levantes mucho el brazo, que te va á ver. ¡Cal Está tan alegre, que no se fija en nada. -Tira. -Soltó Enríquez el tiro, un cañonazo, y el pájaro feliz cayó ensangrentado al suelo, con el pico abierto aún; su caución y su vida se acabaron juntas. Recogieron satisfechísimos los dos amigos al infortunado pajarillo, y después de observar que le habían alcanzado nada menos que tres perdigones- -y uno sólo bastaba para matarle, -volvieron á cargar la pistola, comentando entre risas lo alegre que estaba el pájaro esponjándose al sol y cantando como un loco cuando le llegó la muerte. Después prosiguieron la caza, pero sin duda el cañonazo había espantado á todos los tímidos huéspedes del bosquecillo, haciéndoles huir de éste, porque los dos amigos exploraban inútilmente ramajes v jaras; no se veía i) luma. Al fin observó Kúñez que en lo intrincado de un matorral se movía algo. Eijóse y dijo quedo: -Juan, dame la pistola, que allí hay un pájaro. ¿Dónde? Ko lo veo. -Fíjate en aquel matorral, hacia lo obscuro. -Si; ya me parece que le veo; toma. -Este no canta como el otro; apúntale bien ahora que está quieto. -Disparó Núñez; estremeció el