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¡No somos nada! decía un célebre curda madrileño! ¡Ahora está uno aquí tan tranquilo entre sus amigos, y dentro de una hora borracho! ¡No somos nada! exclamaba 3 0 ayer leyendo las últimas estadísticas oficiales. Al paso que vamos, y mientras llega la famosa regeneración que queremos hacer en tres semanas mal contadas, vendrá cualquier pueblo á reformarla. Porque en verdad que da vergüenza la triste elocuencia de las cifras. El último censo nos hace saber que hay en España ocho millones setecientos veintiséis mil quinientos diecinueve españoles sin oficio ni profesión. Es decir, 8. 726.519 vagos De éstos son mujeres seis millones y medio. ¡Es claro! con no enseñarles nada; con dedicarlas á quedarse en casa mirando al teclio ó asomadas al balcón, ó remendando los calcetines mientras el marido trabaja, hemos hecho cerca de siete millones de mujeres inútiles, sentadas al brasero esperando que caiga un novio, y sin ganar nada para ayudar á la casa. Parece que les da vergüenza trabajar. ¡Que trabaje el hombre! ¡Si á lo menos leyeran, estudiaran ó aprendieran algo! Pero no, no saben nada, no pue ien hablar más que de guiñapos, de chismes y cuentos, no saben lo que pasa en el mundo, no se meten en nada, como ellas dicen. Seis millones y medio de perezosas con pretensiones. Pues los hombres no les van en zaga en eso de trabajar lo menos posible Segiín la estadística á que me refiero, entre empleados activos y pasivos hay en este altivo país de la vanidad y la pobreza, todo en una pieza, ciento sesenta y un mil doscientos cincuenta y siete funcionarios. De éstos, los noventa mil y pico de empleados activos apenas pasan seis horas en las oficinas; el trabajo que en ellas hacen es, además de sencillísimo, cómodo en extremo; y mientras labran el campo (según el indicado censo) cuatro millones y medio de españoleo (de los cuales son labradores ochocientas veintiocho mil quinientas mujeres) cobran del presupuesto los ciento sesenta mil y i ico de funcionarios citados, unos por serlo otros por haberlo sido. A los ocho millones y pico de vagos sin oficio ni beneficio, hay que añadir ¡oígase bien! la friolera de ¡O C H O C I E N T O S V 1 3 I X T I D Ó S MIT. M B X D I G O S D E A M B O S SBXOSÜ Y por si no fuera bastante desconsolador este triste estado de la nación, sabemos que de diecisiete millones de habitantes, hay tres millones cuatrocientos miil ciudadanos que no saben ni leer ni escribir, y dos millones seiscientas mil ciudadanas que no saben ni escribir ni leer. Es decir, seis millones y pico de gente inculta, ign. orante, negativa. ¿Qué tiene de extraño que el número de escritores no llegue á dos mil? ¡Y aún creo que sobramos la mitad, dada la ignorancia, la vagancia y la mendicidad españolas! Los gobiernos que venimos disfrutando hace medio siglo han puesto especial cuidado en que los mendigo. s no desaparezcan, los funcionarios no disminuyan y los vagos sigan siendo vagos, y los que no saben leer queden siendo iletrados. Así es muy fácil mandar, comprar los votos, evitar que el pueblo aprenda ó lea periódicos E n u n a nación donde, según este fúnebre censo de que me ocupo, los alumnos de primera enseñanza en todo el país no llegan á dos millones, de diecisiete de que la nación se compone, cualquiera puede gobernar á gusto. Muchos toros, muchos días de fiesta (setenta y dos hay en el año) millones de personas sin profesión, sin educación, sin opinión y sin más industria que tender la mano por las calles esta es la España de fin del siglo. P a r a ella ha sido u n siglo entero perdido, y en medio del inmenso progreso europeo, viene á ser, según la elocuencia de las cifras, una nación negativa ¡Oh, qué triste presente y qué porvenir tan negro si no se pone remedio pronto E U S E U I O BLASCO