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IvA, C Z A Í I I J M J Si los encantos de su persona, la belleza y la diatinción no fueran bastantes á hacer sirapática la figura de la joven emperatriz de todas las Rusias, lograría este objeto la historia tiernísima de sus amores con el czar, que parece un capítulo de una de las novelas más interesantes que ha podido producir la m u s a romántica. La princesa Alicia, hija del gran duque de Hasse, conoció al que más tarde había de ser su augusto esposo, en el palacio de su tío el gran duque Sergio, en el año 1884. E r a entonces la princesa u n a niña; pero de tan poética hermosura, que desde luego interesó el corazón del príncipe. Más tarde, al encontrársela de nuevo en la corte imperial de Gatchina, su semblante de finas y correctas facciones, su cabellera rubia, el melancólico mirar de sus azules ojos, su armoniosa voz y su talle gentil produjeron tal impresión en el ánimo del heredero, que ni por un instante pudo dudar de que estaba profundamente enamorado. Pero Alicia, que profesaba otra religión, no podía aceptar las pretensiones del czarewitch. Los ruegos, las reflexiones, las súplicas no lograron enternecer á la princesa, que, sin embargo, sentía por su pretendiente una simpatía que amenazaba convertirse pronto en amor. A las reiteradas instancias de Meólas mostróse inflexible, y únicamente consintió, mujer al cabo y á su pesar enamorada, que la escribiera él. Así lo hizo el joven pretendiente, derrochando en sus cartas toda la vehemencia de que son capaces el amor y la juventud. Alicia experimentaba gran complacencia leyendo aquellas cartas, pero no se rendía; afortunadamente, en su h e r m a n a encontró Nicolás u n a a l i a d a sincera é ingeniosa. Aprovechando la circunstancia de que el czarewitch había ido á Londres p a r a asistir al casamiento del duque de York, la princesa de Battemberg, que vivía aquel año en una hermosa quinta de Walton, invitó á su h e r m a n a Alicia á pasar con ella u n a temporada. El príncipe, que visitaba á la princesa de Battemberg, encontróse u n día con su amada. La vida del campo justificaba la intimidad, y paseando por los jardines bajo los sauces y los cedros, algo muy conmovedor debió decir el enamorado al oído de la princesa, que, estremeciéndola íntimamente, hízole revelar el secreto tanto tiempo guardado. Pero como, repuesta de su emoción, Alicia hiciera ver al czarewitch la imposibilidad de aquellos amores, Nicolás, decidido á todo, comisionó al duque de Edimburgo para que solicitara el consentimiento de la reina de Inglaterra, abuela de Alicia. No obstante haber otorgado la soberana una respuesta favorable, la joven dudó aún, y como último refugio contra aquella fascinación que el príncipe ejercía en su ánimo, fué á solicitar consejo de su hermano: -Si le amas, no dudes, que el amor todo lo santifica, díjole éste. Y, en efecto, poco después se verificaba la boda de ambos jóvenes, cuya felicidad vino á aumentar más tarde el nacimiento de una preciosa niña. E. CONTRERAS Y CAMARGO