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Viuca, cerrándosela á besos, mientras que dos brazos írenéticoS se colgaban á sii cuello, y sobre su pecbo se desplomaba una cabeza rubia queridísima, con la que no había cesado de soñar en sus soledades. ¡Ah! si, era olla, la ausente, la alegría de su tienda y de su vida, la hija única, con la que ya no creía contar para apoyarse en su humilde vejez, y estaba allí, y le abrazaba, y le llamaba padre entre borbotones de lágrimas, y le decía ¡lo que le decía. Dios Santo! Le decía que venía por él, decidida á llevársele, para que no se apartara de su lado; lo decía (jue tras una lucha tenaz de u n día y otro, había convencido á su esposo y á su suegro, el déspota, el burgués, el tirano del obrero, de que su padre ei a un Immilde menestral, pero era honra- miie, la fecha de ventura, había) nchii lo (le vencer la oposición) nyugal, y. -Ahora mismo, sin más pre a (ñón, cierras y me sigues, nos gues ¡Xada, nada! ¿Verdad, ipá, que sí? Y la mucbacba, la señora ya, raba con fuerza del zapatero perejo. Kl déspota, el enemigo del obre. fué el primero en tenderle la ano, en decirle con sencillez- -i Nosotros también somos his del trabajo! Xunca le quisimos á usted mal. Y el jiobre zapatero miró su tiendecita fría, recordó su angustiosa st ledad de un año, y estrechando con timidez la mano (jue se le tendía, balbuceó olvidado de la fei eración y de sus hermanos de martirio: ¡Oh, be sido un bruto I) Perdón! IVro, vamos. ¡Oh, sí, vamos donde no vuelva á separanne de ti, hija mía! HUIMOS DI- M K N h K i HlNt. AT. KONSO P K H E Z JS JE A