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W M W Los Iciíguiídos con Siu- ampióiij (como los llama cierta cocinera extremeña y algo eruptiva) ó con champignoii como los denoüiiuamos las personas de relativo juicio, constituyen un plato muy simpátic He aquí la receta corresp indiente: Se adquiere, por los mejores medios posibles, u n escuadrón de lenguados frescos. Se les conduce la cocina solemnemente, y se les lava, pero no se les plancha, porque do plancharlos ya se encargó previsora Naturaleza al darlos el ser. ICn una sartén de limpia historia se pone aceite, pretiriendo el de olivas al de bellotas, para evitar que les crezca el pelo i los lenguados, y en la expresada substancia oleaginosa se fríen con cariño unas almendritas y unos pe liicitos de pan, y un ajito, y un peíite botupiat de perejil polaviejista. Hecho esto y desalojada la sartén sin resistencia, so coge una cebolla de l) uenos sentimientos y so fi- íe en el aceite que ha quedado. For lin les llega el turno á los lenguados, y caen en la saítí- n para sei- fritos, ero no en (meros vivos, sino embozados en airosa capa de harina, añadiéndoseles el agua siilicieiite pai- a que en tan supremo trance no echen de menos el insondable mar. La cebolla y los demás ingredientes fritos que arriba se mencionan, pasan á la sección del machacado establecida en el mortero, y una vez castigados con m i it duní y reducidos li la triste condición de pasta. se les derrama sobre los lenguados, los cuales agradecen en silencio tan señalado favor. Kespecto ii las setas, algo he de decir. Ante todo, se les lava, y se Íes eina, y luego se las pone á cocer en ini pucheretc de modestas aspiraciones, no sin haber adquirido previamente el convencimiento de ¡a autenticidad del tal fruto terrestre, x ara lo cual basta intnxlucir en la vasija una cuí liara de plata ó una peseta no cambiada en i) erros, que si no sale negi- a, sino limpia, garantiza el bondadoso carácter de las set! Se extrac á éstas del agua e n q u c s e lian bañaiUi, se les co -ta en pedacitos y so les arroja sobre los lenguiulos de referencia, los cuales, en unión de las setas, se dignan cocer hasta que la cocinera los retira de la lumbre, cosa que debe hacer con jjrecatu ión para evitar que se constipen. Se me olvidaba a lvertir que para distinguir si las setas son tales seta, s ó son hongos, hay otra señal evidente que se nianiíiesta durante la digestión: si son setas, se (juedan tranquihimente en el estómago; si son hongos, se suben instintivamente á la cabeza. i- K A T 7 fTTrá 1i ii A mef GUBj í- Nombrados los padrinos y llevado el asunto al terreno, se batcm doce claras de huevo, hasta que á fuerza de batirse adquieran el envidiable p u n t o de merengue. (Pueden intervenir en la confección de este plato trece claras en vez de doce, si la cocinera se llama Clai- a por casualidad. A las claras, es decir, sin misterio, se le agrega al merengue un par de yemas de huevo y medio cuartillo de leche muy azticarada, prefiriendo la de cabras á la de burras. Formada, según los preceptos de la más sana moral, la pa. i) illa de autos, se la coloca en el interior de una fuente de buen fondo, y se la conduce al famoso balneario de doña María para que cueza y se distraiga, resultando de ello, gracias al agua hirviendo y al fuego que liabrá encima, unas natillas verdaderamente despampanantes. Antes de servirlas (porque desjjués quizá sería tarde) se las cubre amorosamente con u n a tapadera de bizcochos almibarados, procurando que no. piquen mucho. El tal postre es de rechupete; tanto, que hay sujeto que al comerle, no sólo chupa stis dedos, sino que hace lo propio con todos los de su apreciable familia y aun con los de sus amigos más. íntimos. J U A N r i í E E Z ZENIGA DHiUJOS DE XACDAKO