Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
bre! Porque, claro, que si Fnr (toc io le pegaba ¡rediós! Y Banica sentía bullirle por el pecho todos los arranques, todas las pujanzas bravias de su alma baturra. El no temía á Fardacho: se temía á sí mismo. Estaba seguro de la provocación de aquél, sintiéndose incapaz de proponer conciliaciones que, con la vida en litigio, suelen ser vergonzosamente interpretadas. Por eso no durmió en toda la noche, y por eso antes de salir hacia el trabajo se guardó el cuchillo en la faja y so le oyó decir, dando un suspiro muy hondo: ¡Qué rhimos d hnf. c Con la azada al hombro caminaba Ranica por la senda que bordeaba el olivar del Sr. Juan el Pedricaor. De las cimas canas del Moncayo bajaban soplos de cierzo sobre los campos grises y tristones, iluminados apenas por la luz turbia de un sol casi apagado entre la niebla Los gallos de las torres rompían el silencio con sus cantos de desafío. Ranica halló el paisaje más desolado que nunca. Los árboles no embellecían el cielo; parecían pincharle con sus esqueletos leñosos y cuando al cruzar bajo los altos chopos de la carretera cayó á sus pies un nido vacío, se apartó de él con supersticioso temor, pensando después entre avergonzado y furioso: ¿Tendré yo miedo V ¡Me cas on diez! De cabeza me tiraba á la céica sijuá verdá A través de la niebla vio un bulto saltar la cuneta de la carretera dirigiéndose hacia él. Ranica detuvo el paso, y descolgándose la azada del hombro, ¿Qué s ofrece? dijo con voz recia. Había reconocido al Fardadlo. -Quería que habláramos, dijo éste. -Alante, pues, ú aquí mesmo, contestó Ranica con tono amenazador. Yo V 03 donde tú quieras- -ilejorserá ande no pase naide. -Tira, p u e s pa la paridera vieja. -Ala. Fardacho cruzó! a cuneta seguido áe Ranica y atravesó varios campos de barbecho, penetrando en una vereda limitada á izquierda y derecha por cercas de maíz. Si Ranica hubiese sido cobarde, asesina á Fardacho, que caminaba delante de él sin volver la vista, silencioso y confiado En medio de una planicie gredosa, se alzaban c u a t r o muros mareando el perímetro de la que en un tiempo debió ser magnífica posesión. Hacia ella se encaminaron los dos mozos, entrando en el arruinado corralón. -Ya estamos bien, dijo Fardacho, plantándose delante de Ranica. Este dejó la azada en el suelo y no contestó. -Pues, sí; tenia ganas de hablarte 2 a que s u p i e r a s que lo d ayer no pué quear así. -Ya t M dicho que voy ande quieras- -Hoy no te busco pa reñir- Otra! -Te busco pa pedirte que me des la mano de amigo Ranica abrió mucho los ojos, cogió la azada del suelo, alzándola sobre Fardacho, y- -Casi estaba por escáchate la cabeza, gritó furioso. Dimpiiés de a noche que m has hecho pasar, y cuasi del miedo miá con lo que vienes áhnra Entonces, ¿qué jvAste á buscar en Zaragoza? -A pasar la revista ¿No sernos quintos del 96? Ranica se rascó la cabeza, las orejas, se arregló la faja, y mirando fijamente á Fardacho, -Ya está remafau too Dame el abrazo, pues Así Juerte. Y al separarse de su amigo, con los ojos encristalados de lágrimas, decía moviendo la cabeza: ¡Ridiez, qué saliiica! A. TEIXEIKA