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El juego fué el origen de la pelea, según versión recogida en el lugar del suceso por el Sr. Casio Ainzares, alcalde de E l Burgo 3 dueño de la droga y el estanco. É l ya se temía algo gordo de Fardacho. Desde que vino de Zaragoza no se le podía aguantar. Había sido infantico de coro del Pilar, y se creía un ruiseñor ó poco menos. que el cura le mimara, porque la verdad era que Fardacho se sabía im porción de motetes y de misas; pero los del pueblo no tenían obligación de tolerar sus farfantonadasf y á él, como alcalde, tampoco le daba la gana que la reación, representada por Fardacho, viniera á imponerse en El Burgo, casi á dos pasos de Zaragoza, la ciudad Aquí comenzaba á balbucear el Sr. C a s i o cuando, providencialmente, la voz de Tiñama, el guacil, vino á sacarle del atolladero retórico en que se había metido. -Que se pegan otra vez, siñ alcalde Éste, seguido de todo el Ayuntamiento, se precipitó á la antesala del salón de sesiones, donde el viejo alguacil pretendía en vano separar al Ranica y al Fardacho, que, abrazados, p u g n a b a n por echarse la zancadilla. L a p r i m e r a providencia que adoptó el Sr. Casio fué emprenderla á estacazos con los combatientes, los cuales ante tan expresiva intervención se desasieron, recogiéndose las medias y apretándose la faja... E r a n dos mozos como dos mayos. El Fardacho, royo y sanguíneo. Moreno y nervioso el Ranica. El digno alcalde endilgó u n a tremenda filípica á sus dos belicosos administrados, en cuyo favor acordó no dar parte de! o ocurrido al Juzgado municipal. I i m i t ó s e á solventar el asunto en una reprensión pública y á prohibir que se jugara al guiñóte en la taberna donde se suscitó el hecho, con motivr- del pago de un porrón Ranica estaba preoc upado, por que la fama de su contrincante no podía ser menos tranquilizadora. Además, cuando riñeron advirtió en Fardacho fuerzas aterradoras. Y aunque Ranica no era hombre capaz de sentir miedo ante la posibilidad de u n a agresión, temía, sin embargo, que lo abrumador de ésta le pusiera en la necesidad de emplear medios defensivos tras de los cuales el presidio y el crimen amenazaban la tranquilidad de su vida de labrador honrado. Además, Fardacho poseía un campo de alfalfa junto al suyo. Muchas veces, Cuando eran amigos, s é habían dispensado que los perros ó los abrios (i uno li otro traspasaran el ribazo que separaba las dos propiedades. A h o r a s u r g i r í a n cuestiones diarias. ¡Rediez! pensaba Ranica. Total, M porrón d a perra gorda Si él hubiera ido á güeñas Pero si se puso más furo... ¡Hice bien! Y después de esta exclamación que sancionaba lo hecho, volvía Ranica á pensar en la trascendencia del suceso, en la fama de Fardacho, en su fuerza Entonces se le ponían sombríos los ojos, se reconcentraba en u n pensamiento homicida, y sacudía la cabeza con profundo disgusto. Aquello era ya más serio. Fardacho había tomado billete para Zaragoza, y en la estación dijo al factor que volvería al otro día por lá mañana. Ranica vio casi confirmados sus temores. A raíz de la cuestión, una marcha así era muy sospechosa. Fardacho indudablemente iba á Zaragoza para comprar un arma y asegurar el golpe- -Pero, señor... ¿No s habían dau de tozoladas? ¡Tamién era gana de comprometer á un liom-