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-Pues ahí la tienes, que parece nacida en un palacio: hasta casada con un embajador haría buen papel. Y vamos al final. IJno de los medios empleados por su marido para lograr todo eso fué hacerla viajar mucho. Su lugar de descanso y su residencia favorita era París. Allí les encontró D. Alberto, mi protector, que fué amigo del padre del marido. Había éste visto retratos hechos por mi, le gustaban, supo que me conocía D. Alberto, y después de hablar con él, puestos de acuerdo, pero sin haberme contado el origen de Antonia, porque lo ignoraba, les trajo á mi estudio p a r a que la retratase. Al pronto no la conocí: ¡tan distinta era de lo que fué! ella á mí, en seguida. Difícilmente se me olvidará aquella mañana en que nos encontramos felices, ricos, mimados por la fortuna, los que nos habíamos codeado casi en la miseria. Luego de cruzar conmigo unas cuantas palabras cariñosas, me presentó á su esposo. Después euipezó á recorrer el estudio, y de repente, dando u n grito de sorpresa y alegría, se quedó plantada ante u n cuadro, diciendo á su marido: Mira; esa soy yo dos años antes de conocernos. Acababa de ver colgada de la pared aquella figura en que me sirvió de modelo cuando tenia quince años, el lienzo de que yo no quise desprenderme porque me parecía que no estaba mal pintado y porque me recordaba una época de mi vida. Se empeñó en que se lo vendiera, y me resistí á ello cortesmente. Le hice el retrato escotada, con vestido de encajes y abrigo de pieles, y su marido, al pagármelo, con pretexto de que por empeño mío de acertar había trabajado mucho, m e mandó el doble de la cantidad convenida: mi respuesta fué dedicar á Antonia la figura de la aprendiza, como yo la llamaba, y enviársela con un buen marco. Al año siguiente vinieron á establecerse en Madrid. Gastando lo que gastan y viviendo como viven, forzosamente habían de tener pronto muchos amigos; mejor dicho, era natural que se les llenase la casa de esa gente que va donde come bien y pasa agradablemente la noche. Del marido se acordaban muchos que trataron á su padre: á ella nadie la conocía. Como supondrás, la curiosidad que despertó en Madrid fué grande. L a cosa no era para menos. Viéndola en paseos, estrenos de teatros y otras fiestas, siempre rica y primorosamente vestida, todo el m u n d o se preguntaba: ¿Quién será, de dónde h a b r á salido esta mujer, cuyo origen nadie sabe? Comenzaron las suposiciones y las habladurías, no siempre piadosas. Unos decían que era provinciana de humildísima casa; otros que madrileña de familia muy pobre; hubo quien echó á volar la noticia de que había sido criada ó niñera, y no faltó quien deslizase la especie de que era una aventurerilla que con su lindo palmito y sus zalamerías había hecho perder el juicio al hombre que cometió la insensatez de darle su nombre. -Eso es una maldad. -Supo ella todos aquellos chismes y cuentos, é hizo lo que vas á oir. Desplegando gran lujo, dio un baile; convidó á mucha gente, y durante la fiesta tuvo abiertos todos los salones de su casa, en alhajar la cual parecían haber luchado, sin vencerse, la riqueza y el buen gusto. Sólo dejó cerrado un gabinete cuya puerta, ante la cual pendían soberbios cortinajes, inspiraba grandísima curiosidad. P o r fin, ya de madrugada, cuando los convidados, hartos de exquisitos manjares, parecían disimular con el asombro el daño que la envidia les causaba, Antonia detuvo á los primeros grupos que comenzaban á despedirse, diciendo con natural y alegre semblante en voz que todos oyeron: Amigos míos: nadie se vaya sin ver lo mejor que hay en mi casa; vengan ustedes. Siguióla todo el mundo; llegó hasta la puerta del gabinetito que había permanecido cerrado, y abriéndola de p a r en par, apareció la estancia profusamente iluminada. E n el m u r o de frente á la puerta, donde los grupos se agolparon, había colgados dos cuadros; el primero era la figura en que pinté á Antonia, como antes te dije: de cuerpo entero y tamaño natural, apoyada en u n a puerta de cuarterones que le servía de fondo, con la caja al brazo y mirándose en un pedazo de espejo roto que tenía en la mano izquierda, al mismo tiempo que con la derecha se alisaba el pelo; el otro cuadro era el retrato que le hice en París con traje de encajes y abrigo de pieles. E s decir, las dos épocas de su vida. La estupefacción fué general. Entonces, con aquella misma voz sonora y alegre con que les había llamado, dijo: Aquí tienen ustedes los últimos regalos que m e h a hecho mi marido: u n cuadro p a r a el que serví de modelo cuando á los quince años estaba de aprendiza en casa de una modista, ganando tres pesetas á la semana, y el retrato que me han hecho en París, tal como soy ahora, gracias al hombre que me quiere tanto. Marchena quedó admirado de lo que oía, y su amigo acabó el relato diciendo: -Ya ves; quien así se enorgullece de lo que debe y ama á su legítimo dueño, no es fácil que te haga caso. Oréeme: la chica de la caja es toda u n a señora. JACINTO OCTAVIO PICÓN DIBUJOS DE HtJERTAS