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délo; y como no podía importarme que se negase, le dije de buenas á primeras: Oj e, nena, ¿quieres subir conmigo para que pinte por ti una figura? Anda, si vienes, te regalo un pañuelo de seda con rayas encarnadas y azules. Me miró sorprendida, pero sin la menor desconfianza, y repuso: ¿Todo el día? Dos ó tres horas, y otro día otro poco. Bueno; pues voy á devolver la caja. No- -le dije yo; -con caja y todo; pídele permiso á la maestra, y arriba te espero. Hízolo así, y la modista, conociéndome, se lo dio. Subió Antonia, la coloqué á buena luz, como Dios me dio á entender, y comencé á trabajar. Mientras pintaba, para que no estuviera inexjjresiva su fisonomía, la hice hablar. Se llamaba Antonia. ¿Pero era ésta, ésta misma? ¿La señora de Talar? -Déjame seguir, ó no t é cuento nada. E r a huérfana; su padre había sido portero de un ministerio; á su madre nunca la conoció, y vivía con una tía abuela, la cual, á pesar de la prudencia temerosa con que de ella hablaba la niña, comprendí que debía de ser una vieja borracha. Antonia ganaba entonces dos reales diarios, ó sean tres pesetas á la semana, porque el domingo no cobraba. ¿Pero estás seguro de lo que dices? -En aquella tarde y luego én dos días de fiesta que vinieron seguidos, pinté con Antonia una figura ya sabes que no me ciega el amor propio pues bien; te digo que es lo mejor que he hecho. -Ya se podrán dar hoy por ella unos cuantos miles, de francos. -Está la chica de cuerpo entero y tamaño natural, apoyada en una puerta de cuarterones que le sirve de fondo, con la caja al brazo y mirándose en u n pedazo de espejo roto que tiene en la manó izquierda, al mismo tiempo que con la derecha sé alisa el pelo. Te digo que es lo mejor que he hecho. Pocos meses después conocí á D. Alberto, el hombre bueno y generoso que ha sido mi protector; me pensionó y me marché á París. De cuanto tenía en mi estudio de Madrid, sólo dos cosas me llevé á Francia: un retrato que hice á mi madre semanas antes de morir, y la figura en que, Antonia me sirvió de modelo; lo primero no hay que decir por qué; lo segundo porque estaba encariñado con aquel trozo de pintura. A los cinco años do estar en París, después de haber retratado á media docena de aventureras, dos grandes damas y una actriz famosa, todo merced á la protección de D. Alberto, comencé á trabajar lo que no soñé nunca. -Y hoy no haces un retrato por menos de quince ó veinte mil francos. -Hasta aquí la primera parte de esto que te parecía novela y ahora te lo parecerá más. Dos años después de mi partida de Madrid, es decir, cuando tendría Antonia dieciséis ó diecisiete, se enamoró perdidamente de ella el hijo de un comerciante dueño de una gran tienda de sedas; el chico había estudiado para médico; pero comprendiendo que el comercio era más productivo que la ciencia, se decidió á ayudar á su padre, haciendíj al extranjero, en busca de géneros, viajes con que, se instruyó y educó mucho. Su amor fué verdadera pasión, y se casó con Antonia; de modo que en poquísimo tiempo, la humilde aprendiza, la chica di la ja, pasó del completo abandono y peligrosa libertad en que había quedado por la muerte de su tía, á ser toda una señora; cátatela burguesa rica y esposa mimada. Con diferencia de pocos meses murieron luego el padre y u n tío riquísimo y sin hijos de! I ri i iiia; en una palabra, el hombre era millonario, y -1. I 1 I l.i día más enamorado de su mujer, no necesito I I -ii. I 3 arecía poco para Antonia aquella enorme fortuna. i 1. iü Mta predisposición que tienen mucha. í, por no decir 1 3 las hijas de Eva, para amoldarse á nuevo género ida, costumbres y maneras, cuando por buenas ó I s artes ascienden en la escala social, transformó ito á Antonia en señora fina, elegante y distinguida. Parecía haber nacido jjara gastar y lucir aquellos trajes que antes llevaba en la caja del taller á las parroquianas de su maestra. Te diré, además, que el marido, á fuerza de habilidad, discreción y cariño, hizo cuanto pudo para favorecer y desarrollar aquella transformación, sirviéndole de maestro, y corrigiéndole con ternura cuando por ignorancia ó descuido incurría en errores ó faltas que pudiesen atraer sobre ella la censura ó el ridículo; de suerte, que entre el instinto de la mxijer y la discre ción del marido, fué completa la metamorfosis. E n fin, ya la conoces; si no te lo asegurase yo, ¿creerías qxie esa criatura, á quien tan bien le sientan los encajes y las joyas, que se expresa tan finamente y tiene modales tan distinguidos, creerías, te digo, que ha sido hasta los diecisiete años chica de hacer recados en un obrador de modista, lo que con u n a palabra muy gráfica Ua iceses un trotín? lo diría!