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LA CHICA DE LA CAJA Jíl teatro líeal estuvo aquella noche como en sus me res tiempos, según dijeron al día siguiente los rcvisros. Al concluir la ópera, el pintor valenciano Franjeo Chelva, recién llegado de París, donde ganaba un neral, y su amigo Mariano Marchena, hijo de un juisimo banquero andaluz, y muchacho enamoradizo ista lo inflamable, salieron juntos á la calle después i. permanecer largo rato en el vestíbulo pasando reAÚsta á los grupos de señoras magnífica y elegantemente vestidas qiie esperaban á que sus coches se fueran aproximando á la puerta. ¿Conque tanto te gusta la de Talar? iecía Chelva mientras entraban en la calle del Arenal. -Como no me ha gustado ninguna- -respondía Marchena. -Pues cúrate, hijo, y que se te (juitc el capricho, porque esa ni es para ti ni para nadie, más que para su marido. ¡Quién sabe! -No te hagas ihisiones. Mira; en vez de tomar chocolate en cualquier café, sube un rato á mi cuarto de la fonda, fj: fi donde nadie ha de importunarnos; te daré yr í una taza de té, que hago mejor que una inglesa, y sabrás de esa mujer cosas que te quiten las ganas de pensar en ella con malas intenciones. ¿Vas á contarme una novela? -La pura realidad, pero algo novelesca. -Sea como quieras. Sxibieron á una de las fondas que hay en la jr Puerta del Sol, entraron en el cuarto de Chelva, pidió éste agua hirviendo, sacó su té y su tetera con otros precisos bártulos, y como hombre acostumbrado á viajar mucho, procurándose delicadezas impropias de mozos y camareros, comenzó á servir á su amigo, poniendo sobre el velador que tenía delante un plato de galletas, al mismo tiempo que hablaba de este modo: -Escucha, y dime luego si crees que esta mujer es una mujer vulgar- -Capítulo primero, -interrumpió Marchena. -Hace doce años vivía yo, aquí en Madrid, en una casa de la calle del Prado, sin más recursos que los treinta dui os mensuales que me mandaba el tío que me sirvió de padre; ¡figúrate las escaseces que pasaría! mal Cstido, peor comido cuando tenía para lienzo me faltaba para colores, rabiando por no poder pagar modelos en fin, no quiero acordarme. E n el piso principal de la misma casa había una modista que debía de trabajar mucho, porque daba labor á doce ó dieciséis oficialas y aprendizás jóvenes, viejas, guapas y feas, modosas y achuladas, que á las horas de entrada y salida armaban un barullo tremendo. Además, tenía la maestra á su servicio una chiquilla de catorce ó quince años que iba á las tiendas á pedir muestras, hilos, sedas, cintas y forros, y acompañaba á la oficiala mayor, llevando al brazo, pendiente de una correa, una caja enorme de hoja de haya con cubierta de hule negro, cuando era preciso ir á casa de las parroquianas á probar ó entregarles ropa. Como en todos los talleres, la llamaban la chica, la chica de la caja. Yo me la encontraba en la escalera dos ó tres veces al día. Era monísima: de tez pálida, naricilla graciosa, boca pequeña, pelo y ojos muy negros, cuerpecillo esbelto y andar airoso; el tipo de la madrileña fina aunque pobre, de facciones delicadas y mirar inteligente, algo descaradillo, pero sin sombra de malicia. Ko necesito describirte con muchos detalles cómo iba vestida: traje viejo de lanilla raída; medias de algodón encarnado, descoloridas á fuerza de lavaduras; y zapatos que, si nuevos, eran ordinarísimos, y si de buen material, mostraban, por lo usados y grandes, no habeisido hechos para ella. No puedes imaginar figura más interesante ni más simpática. -Estamos en plena novela del género cursi, -dijo Marchena al llegar aquí su amigo; pero éste, sin hacerle caso, continuó: -Uno de los muchísimos días en que yo estaba harto de llevar á los periódicos ilustrados dibujos que me rechazaban y de retratar á los amigos que presumían de críticos, me la encontré en el portal. E r a un domingo por la mañana. Salía yo á tomar el sol y volvía ella de entregar. Estaba preciosa, y me agradó tanto, que de pronto se me ocurrió pintar algo con ella, hacer una cabeza, un estudio cualquiera en que me sirviese de mo-