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Grandes figuras, de extraordinario relieve, tiivo la causa liberal, y de no menos importancia la poseyó la tarlista durante el sangriento período de la guerra civil- llamada vulgarmente de los siete años. Ahí está, en el campo de los primeros, el ilustre general D. Luis Fernández de Oírdova, y el no menos insigne caudillo D. Tomás de Zümalacárregui en el de los segundos. Sin embargo, para el pueblo no habrá minea más que dos hombres, símbolo de las dos ideas aún vivas: Espartero y (Jabrera. (Juizás este predicamento en el ánimo del pueblo debióse precisamente á ser ambos hijos del pueblo y á sentir como él. Estudiante pobre, nacido de padres labradores en (iranátula, Espai tero; seminarista do raída sotana, habido en humilde matrimonio de Tortosa, Cabrera; los dos ahorcan los libros, y en sus juveniles años empuñan las armas, afiliándose cada cual en las huestes á C (ue su modo de pensar les llamaba. Vm el curso de su vida, después, reveíanse con igual idiosincrasia, con esa legendaria impetuosidad irreflexiva que nuestra nación quijotesca ha adorado siempre. Hombres de acción, tan rápidos en el concebir como en el ejecutar, de una bi- avura admirable y de un desprecio soberano á la muerte, impusiéronse ante todo por el valor, mejor avin por la temeridad, l spartero, como Cabrera, son Luchana y Morella, el general soldado de corazón que se bate espada en mano y que perdura m á s e n la memoria de la muchedumbre, que el general táctico á lo Moltke, dominador de la ciencia niilitar, venciendo por una fórmula matemática. Claro es que, uno militando en la legalidad y otro no, su suerte había de ser distinta. Asi Espartero, ingresado en un ejército regular y encumbrado en una época en que la espada pesaba con fuerza incontrarrestable, llegó hasta los más altos puestos de la nación, hasta el princii) ado y la regencia del reino, manteniéndose siempre fiel, con una fe (áega de fanático, al principio de la libertad. A tan vehemente culto debió su popularidad. Creo que fué en las jornadas del 54 cuando se veneraba su retrato en las barricadas, ante dos arios encendidos. E s t a pasión de los liberales de la calle, de la nmltitud, no se debía principalmente á la gloria del soldado, sino á que el modo de sentir del pueblo hallaba en él su repercusión. Cabrera, arrastrado á las filas rebeldes por su reaccionarismo, no podía ser otra cosa que un guerrillero, amique rayara casi en el general, y la figura del guerrillero siempre ha hallado en España imperiosas simpatías. Hasta su ferocidad, ya natural, j- a debida al fusilamiento de su madre, pero sinónima de intransigencia, fué parte á que le idolatrasen los suyos, enemigos furibundos de cuanto á liberalismo d i e s e Ya ni Espartero ni Cabrera despiertan odios ni entusiasmos; pero aún en nuestros días, al hablar de los liberales piensa el pueblo en líspartero, y de los carlistas en Cabrera. ALFONSO P É R E Z 5 I E V A