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Amigo Pérez Zúñiga: Xitra o de sosa tu carta, nitrato de cufomiitosa su redacción; citroto de hacerte saber, en cadmio, que es posible te zurren la badiana y te a. pU iuen unos aaiitotos y hasta algunos uzotatos, y te los voy á dar yodo mismo por segxiir manoseando un asunto tan tartruti como éste de las similicadencias. A riiíz de lirio á leer tu carta, medité u n ratania, zinc que se me ocurriera glucosa alguna en contestación; estroncio mando mi criado á ver á Fe, por si me puede agenoiana algún libro, aunque me co re el oro y el boro, pero el muy tirano no se lo dio. Ko me lumentol de que Fenole diera el libro caro ó borato, niquele diera ¿a u l l a d a por respuesta, pues sé que Fénioon su padre se casa; lo lamentable es que acético algún tiempo me tienes erabromaio y amolíbdico con tus cartas. Sopícrico! Pero, en fin, á mí no me atropina ni el tranvía; nadie me h a metílico el resuello en el cuerpo; tengo dominio de mí mismo; yodo formo mi composición de lugar, y exclamo: ¡Qué í míiwnííií) j odfíí O y á la cabeza! Xe diré que en asuntos de faldas quien más mirra menos ve; con esa chica tuvimos yo y Flores (i cordiales y amistosas relaciones; por mi parte, cuasia amara á tal mujer, la cual, créeme cromo y fct como lo digo, no me sacarina de plata ni taninn así. Como es muy joven, todavía está bajo la fí- oila de su padre. E s éste un señor de pelo rubidio, muy eoba to y maloavi. -ico del ojo izquierdo; hoy se come los codcina de hambre, aunque en Barcelona fué gobernador del castillo de benjuí; brea á palos á su hija, y. ti Menda de ella dice que si la besan daraqne sentir; La chica es ruda, poco discreta, y, naturalmente, entre gwyanol y cold- cream, lechuga; timol una hulla de garbanzos, y la costó estánico en la galena un p a r de años. Dibuja algo al lápizlázuli, pero todo lo calcáreo al trasluz, procedimiento que, VíVindilo, no se aprende nunca. Todo esto me lo contó u n tal De Lino; ahora, simiente da lino 6 si no miente, no puedo asegurarlo ni salitre garante. Ella será una cnlamin id, pero haoeroío que tiene dinero, y que le entren moscas de Milán. Helécho es que el día de su santonina, á pesar ser yo un cerio á la izquierda, como mercurio en salud y por ella rodio de cabeza, yeso que no me gusta pase ówicoUejear, verás lo que hice: me calcio las botas, el sombrero de copaiha hasta las cejas, me embozo en mi caparrosa, y salgo de acónito á comprarla una barita de nardos y dos fluoruros de porcelana que, envueltos en un peryódico, me coloquíntida debajo de la capa, y tomé el tdú hacia el paladio en que habita. Llegué precipitado rojo de cansancio y pregunto: ¿k stam) en casa los señores de Quini i, a? -Anhidro á visitar el arsenial de Artillería; después irán al zirconio de caballos á ver los clonws Tanino y Pepino. P r e g u n t o por yerba Luisa. ¡Ah! creí que por mi amo. -Yo con su amoniacoger monedas de cinco duros; alambre usted; esto diciendo, entré en u n f gran nalol ricamente amueblado; ¡su Mmado! ¡colosal! ¡magnesio! tapizado de finísima tila de damasco; allí estaba VuJ. eriana Saxacihar con un vestido de sedativa de larga kola, oliendo una aromática fiuor y entretenida en ver un alhiimina de tartrato Así que m e vio, se escamonea y se calomelano la tostada; pero como la chica es de gluten, muy campeche y de manganeso muy ancha, me recibió muy de brom y zaragatona; me invitó á comer en aquel mismo litio, y 3 o aseptol. ¡Compadre, qué comida! Potasio de garbanzos; pato en salsa, ¡espato de Ixlandia me dijo; chuletas á la zarzaparrilla; u n ruibarbo de río á la vinagreta; ensalada. de apiol; u n ricino de uvas; otras cosas por el etilo, y por último, toxastmostaza y media de caf ina; por cierto que mi taza tenía rota el a- fif ¿á Luego me hizo oir su piano de manubrio, dando ella vueltas al cinabrio; me cantariiina la bandoHnotíi en un laúd, pues sabrás que en el lauianútsís con gran habilidad y dcxtrina. Salí de su áomisilicio convencido de que parafina no hay como esa belladona. Llego á mi casa; oigo hhulUí; eran los estereros que salían de estoraque mi cuarzo. Me desnudo, me cúprico con la cola hieina, y me pasé la noche en cloro, sin poder adormideras; hoMz, comido con exoesio; yo, que no suelo comer más que creosota, caballo y rey me dio el hipo sulfúrico, me bebí una citbeha de agua, y ya creí oxálato mi último sxispirita. E s lo úrico que puedo contarte, y no creas que te cuento í e to. Conque, si no quieres que te salga el tiro por la culantrilío, déjame en paz, y no me hagas más la cúrcuma. M B L I T Ó N GONZÁLEZ (l; García. LM W