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LA REINA DE PORTUGAL E n t r e las soberanas de Europa, la reina Amelia de Orleans es una de las más dignas representantes de la juventud y de la belleza. Sus facciones recuerdan las de su madre, la condesa de París, 7 sus ojos de extremada dulzura, su cabello magnifico, la esbeltez de su cuerpo y la distinción de su persona, hacen que no pueda vérsela sin admirarla. Posee un exquisito sentimiento artístico; dibuja y pinta admirablemente, y su conversación revela una cultura poco común. E s poco aficionada á brillar en fiestas y regocijos. Cuando subió al trono de Portugal, por su matrimonio con el rey Carlos I, no se conquistó desde el primer momento el cariño de su pueblo. Eepartidos con profusión exagerada destinos y mercedes en el reinado a n t e r i o r muchos de los favorecidos quisieron demostrar su acatamiento á la reina Pía no consagrando su simpatía á reina Amelia. El pueblo vio satisfecho su amor propio en el fausto desplegado por la corte anterior, y se obstinaba en considerar imposible la sustitución de la reina madre por la nueva soberana. Pero este error duró poco tiempo. La afabilidad, la distinción, la belleza, la juventud de la reina Amelia obraron el milagro, y poco á poco fué conquistándose el respeto y el amor de su pueblo. Siguiendo la costumbre establecida en las dos cortes de la penín- sula, la reina Amelia recibía en audiencia á cuantos solicitaban ser escuchados, y prestando atención á sus confidencias y procurando siempre remediar sus infortunios, consiguió rodearse de una aureola de popularidad y gratitud, que influyó grandemente en la definitiva conquista del corazón del pueblo. A la vida fastuosa de Lisboa, la reina prefiere la de Cintra. El castillo de la Peña, con sus jardines s i e m p r e verdes y siempre frondosos, con el p a n o r a m a espléndido de sus alrededores, le enc a n t a mucho más que la capital de su reino; la vida plácida y tranquila, lejos de la actividad y de la etiqueta, a r m o n i z a con su carácter, y cuando r e s i d e e n Cintra siente deslizarse el tiempo rápid a m e n t e entre el cuidado de sus hijos, los paseos por el país á pie ó á caballo acompañando á su esposo, la pintura, á la que consagra el tiempo que le permiten sus debe res de madre, y alguna partida de croquet que se juega en la intimidad de la familia. Algunas veces la reina se presenta de improviso en el palacio de Cintra, donde residen la reina madre y el infante Don Alfonso. L a Peña, que por su arquitectura gótica y por su vegetación espléndida parece un sueño de hadas, es el rdejor marco para la figura interesante de esta reina, que por su, belleza y su distinción recuerda á las antiguas y espirituales castellanas. E. CONTRERAS