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holocausto suyo, al modo que los gentiles quemaban víctimas para aplacar la ira de los dioses. jSíi es posible defenderse de él, ni posible desecharlo. Está en la médula social, como está en los viejos y los agotados, por dentro. Como la ventisca por las hendiduras de la pared resquebrajada, se mete por los poros del alma española, abiertos á toda miseria y á todo contagio. Es el frío espiritual, más digno de compasión que el frío de la materia, porque éste al fin acaba en la primavera, y aquél no tiene término ni con la venida de las flores ni con el ardor del estío. Vive incólume en todas las temperaturas, como la íiebre del moribundo que tirita á los cuarenta grados del termómetro. Y á e s t a moribunda m a d r e nuestra le faltan todos los calores. Se ha congelado nuestra historia: ayer sol que calentaba los dos mundos; hoy astro eclipsado en los horizontes internacionales. Se ha congelado nuestra bravura: ayer incendio brutal que abrasaba territorios y ejércitos; hoy asustadiza doncella que abandona tierras y legiones antes que perder la virginidad de sus espadas. Se ha congelado el patriotismo: ayer locura sublime que nos llevaba de cabeza á los precipicios sin fondo ó á las alturas sin bajada, como allí viéramos una hoja de laurel; hoy cálculo de números que entrega sin dolor y sin defensa pedazos del cuerpo nacional alimentados con nuestra sangre y cimentados con nuestros huesos. Se ha congelado la pasión política: ayer criadero de mártires, remolino de ideas y puja de abnegaciones; hoy seco contrato bilateral para el disfrute del país; sociedad de seguros mutuos para la vida; pacto y conglomeración de familias para las cuales todo es santo y patriótico si lleva á la comodidad, y todo atrevido y reprochable si lleva á la responsabilidad. Se lia congelado el idealismo de la raza, ayer engendrador de soñadores, casados indisolublemente con su palabra, desinteresados desfacedores de agravios, fanáticos del honor, monomaniacos de grandezas, cerebros quizá huecos ó hinchados como los globos, pero que también como los globos ama- ban la altura, blasonando de invencibles, linajudos, altaneros y nobles, de igual suerte que Don Quijote llevó una corona imperial dentro de la cabeza, aunque nunca pudo colocársela afuera. Hoy sólo se ensalza á los despiertos que no se duermen en las pajas, á los practicones de la vida, acomodados con la realidad. Oros son triunfos, y como el oro hace peso en el bolsillo, dobla el espinazo y lo inclina á lo bajo. Lo bajo no quiere ya subir, y lo alto se complace en descender, tomando por modelo de porte, costumbres, hechos y dichos, y hasta por único ideal artístico, á la gente del bronce y de la jácara flamenca y chulapona con puntas románticas y ribetes sentimentales. Se ha congelado el arte, ayer pintor de nuestras glorias, nuestras batallas y nuestras devociones en lienzos grandes como la inspiración y la mano que los trazaban; hoy arlequín de colorines chillones, exposición de figurillas extrahumanas, mercader de menudencias de gabinete y adornos de to cador. Se han congelado l a s letras: ayer creadoras de furias trágicas, de pasiones vivas, de conflictos hondos, de seres ciclópeos m á s altos que el hombre; hoy miniatura relamida, rapsodia sin substancia, belleza fofa sin nervios ni sangre, cuento sin fondo para adormecer niños grandes, farsa de juglares para sacar risotadas que parecen gárgaras, porque no pasan de la gola. La carcajada del imbécil como único placer, única emoción y única finalidad de la estética. Compadezcamos á los infelices sin hogar, pero no nos compadezcamos de ellos solos. Hay mucho tan digno de conmiseí ición y tan necesitado de socorro como esos infortunios. Algo más espantoso que el frío y las miserias de la calle, y son esas congelaciones de la conciencia española, esa miseria mental, ese entumecimiento del corazón popular, esa abyección de la raza, ese enfriamiento de u n cadáver al que le falta sepultura. El frío presente no traspasa sólo la carne desnuda del pobre: todos estamos en la Siberia moral. SELLES De! u ReüJ Academia Española