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Todos los inviernos, á la aparición de los primeros fríos, cuando. las heladas endurecen la fierra y las escarchas platean los teJados, la musa filantrópica dedica un canto de misericordia, un recuerdo piadoso, como ani versarlo anual á los desamparados de la fortuna, á los pobres sin albergue, A los pobres sin lumbre, á los pobres sin pan. El clisé de ocasión, guardado y servido en años anteriores, reaparece en los periódicos con invariable constancia, como el Cristo de Velázquez en Jueves santo, y la lista de las víctimas en el 2 de Mayo. El cuadro conmueve por su verdad, y espanta por el contraste. De una parte, allá en las cimas sociales, el hogar cómodo, bien defendido por fuertes muros, bien abrigado por dobles tapices y gruesas alfombras, bien repartido en salones, comedores y dormitorios, con chimeneas que caldean el ambiente, con vinos (pie caldean la sangre, con lechos que descansan al cuerpo, con el bienestar asegurado que descansa al espíritu. Las madres preparando el Nacimiento y la cena; los niños esperando el árbol de Navidad y la venida, cierta para ellos, de los Beyes Magos con el presente traído d e l o s bazares orientales. B e s o s apretados de l o s padres, chisporroteos de la lefia, risas y alegrías, todo lo que da calor á la carne y al alma. De otra parte, la casuca desguarnecida, estrecha, obscura; el viento soplando por las rendijas, el agua lloviendo por los vidrios rotos; el baldosín desnudo; el camastro ambulante; la ropa única, con dos usos: por el día para vestido del cuerpo, por la noche para abrigo de la cama; el fogón silen (íioso y vacío, sin el cloquear del pu (íhero que hierve y sin otras provisiones que el montoncillo de cenizas de la última lumbre. El p a d r e y la madre arrebujados en la capa y el mantón raídos; y en u n rincón la niña tiritando bajo la rapada toquilla; el niño aterido bajo el gabán desechado por el padre. No se habla del Nacimiento: allí el nacer es una desgracia. Ni se piensa en la Nochebuena: allí todas las noches son malas. Ni se espera la veni- iC íí 5 r i da de los lieyes: pasar los Magos. Se habla sólo del hambre del día; se piensa sólo en la comida de mañana; se espera sólo la llegada del nuevo apuro, que se avecina con el vencimiento del alquiler, que puede quitarles lo único que les queda: un techo bajo, un suelo frío y unas paredes delgadas. No se charla: la miseria es poco comunicativa; no se ríe: la desesperanza tiene la cara seria; no se besa: el hambre es casta, aun para las santas caricias familiares. Allí hay únicamente escasez, desabrigo, incertidumbres, despegos. Y todavía existe otro frío allá abajo, abajo, descendiendo á las más obscuras hondonadas sociales: el frío á cielo raso, la vida en la calle, el hambre en el arroyo. El mendrugo de pan tirado al suelo como se tira á los perros; las sobras revueltas de la comida, recogidas con ansia de los ojos; el lecho en el umbral de la puerta; la lluvia escurriendo por las desnudas carnes; glaciales besos del aire por caricia; harapos de la madre por tínico abrigo de la criatura que tose con tos bronca, presagio de la. pulmonía; el olvido del mundo, el olvido de la familia, el olvido de la providencia, todo, en fin, lo que da espeluznos á la carne y al alma. ¡Sol muerto de Diciembre, luna helada de Enero, noches de algazara para el rico, de envidia para el pobre, de desesperación para el mendigo! VuestrQ cuadro de blanco y negro, vuestro contraste duro de luz y de sombra, pueden hacer del hombre caritativo un demagogo, más demagogo cuanto más caritativo, que á veces el sentimiento sublevado hace más revolucionarios que la idea perseguida. Honda conmiseración y penoso recuerdo de la, musa filantrópica merecen estos días crueles los pobres sin amparo. Pero hay otro frío más espantoso en la atmósfera de Kspaña; otro frío que debiera de mover á mayor lástima y inás triste lamentación: porque ese llega inevitablemente á todos los hogares y penetra todos los huesos de esta sociedad. No le vence el poder, no le ablanda el oro, n o le detienen los muros, no le aplaca la pira de leña quemada en