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mxI 0 r é f m f ix i o D x 1 c x: -i xs- ck 2 O a a a c u O- CL. O- I t i xx z -O j x i -cs- -cx- t 7 -Xttt t t ttt 3 t Tt t t TI St tt- tt í l 0; J tt i t í t í í Jt I t i t jr í t t t Jí: 4 1 jj m fiS í, i t D CLICHÉS MADRILEÑOS b i Fb tlí b Kl piíHio es un instrumento terrible; pero hasta la invención le los pianos do manubrio, sus efectos destructores no tenían más ra (iio de a (tción que el limitado de los pisos de una casa, líl pianista atormental) a á sus vecinos; pero cuando éstos, huyendo de sus escalas, tomaban la escalera y salían á la calle, podían respirar tranquilos y creerse, durante unas cuantas horas, libres de la tortura musical, nuicho más insoportable (i ue las consabidas del potro y los borceguíes. Teníamos el arroyo para librarnos de los futuros líubinsteins, y con tenerlo nos considerábamos tan felices; pero en esto un inquisidor retrasado examinó el instrumento de tortura y vio que mataba poco. Montó el iano en una carretilla, suprimió el pianista por demasiado humano, adosó un manubrio á una de las paredes de la caja y lanzó el todo á las callos en poder de varios organilleros, diciendo nrefistotélieamentc: ¡Ahora sí (lue va á divei- tirse la humanidad! Y el piano de manubrio estalló como una bomba musical en medio de las calles de este pueblo, al cual llama Gavia con harto motivo y sobrada justificación Estruendópolisü. ¡Calla, qué bonito es esto! exclamaron oyendo aquella sublevación de sonidos las oíi (dalas de un taller de planchado; parece el vals de las Olux; y dejando las planchas calientes sobre las camisas de los parroquianos, pagaron éstos con la destrucción de las pecheras de sus prendas el nniravilloso éxito del primer organillo. Después éste, como todo lo que molesta y disgusta, ro torrió triunfalmente las calles todas de Madrid, y hoy, á pesar de las Ordenanzas municii) ales, es más difícil liirpiar de organillos un barrio mach- ileño que de (a nifos la habitación de u n a fonda de San Sebastián. Después de todo, aceptando la música callejera como un mal incurable, y no teniendo uno (jue trabajar ni que dormir, casi, casi le resulta agradable el oir, deliciosamente estropeada por el organillo, la misma música que oyó deliciosamente estropeada por las tiples y los tenores de! género chico en los teatros de la corte, lisa nuísica dum- duní do Chueca ó de Caballero que nos sueltan cu medio del arroyo, tiene también sus atractivos sobre todo cuando calla. Lo mismo que el convaleciente goza de la vida con mayor amplitud recobra ésta, (lue antes de que el mal le pusiese en el trance de perderla, el (jue deja de oir un organillo experimenta en sus oídos una sensación de bienestar que antes de la descarga del instriimento no había gozado nun ía. Y además, queridos lectores, yo reconozco que las cargas de caballería musical con que los organilleros madrileños asuelan las calles de la corte, son muy fastidiosas y producen muchas víctimas, pero también os digo que en las afueras de Madrid no hay 3iIo zart que pueda competir con un organillero. El que no. ha comido callos, no ha bebido Valdepeñas y no h a bailado una habanera de organillo en un merendero de las Ventas, ese, aunque esté bautizado en la misma parroquia de las Pulgas, ese no es madrileño. JOSÉ DE R O U R E