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DOS HOMBRES Y UN PERIÓDICO La cusa donde estuvo instalada la redacción de El Contemporáneo subsiste aún, y todo Madrid la conoce por una singular circunstancia que la distingue de las demás. Su fachada no se halla en la línea de los restantes edificios, sino metida tres ó cuatro metros, teniendo delante un jardinillo con verja, detalle c ue choca por no tratarse de un hotel, sino de una vivienda de pisos para alquilar. Lugar de emplazamiento: calle de Trajineros, junto al solar donde se alzó el palacio de Medinaceli. Allí, por el año 60 y posteriores, á través de los cristales de uno de los cuartos, resplandecían varias luces que no se apagaban en toda la noche. Si entonces hubiera podido entrar el lector en las habitaciones, habría visto la típica mesa periodística, sobre ella un revoltillo de diarios, y alrededor, escribiendo, ocho ó diez hombres jóvenes, que luego han alcanzado elevada posición social. E n un gabinete trabajaba por costumbre sólo un redactor bastante mal trajeado, y cerca, en un butacón y en la alcoba de la pieza, alcoba sin puertas, á la italiana, dormía la esposa del redactor, que no dejaba de acompañarlo nunca. El redactor se llamaba Gustavo Adolfo Becquer, ya casado en aquellla sazón con doña Casta Esteban. Algunas veces entraba á parrafear con Gustavo un su compañero y paisano, delgado, grave y (le semblante reflexivo. Su nombro no producía todavía eco alguno: hoy los produce por ser ya del dominio público. Era T Antonio María Fabié. Fundó Ul Gontomporá: ico D. José Luis Albareda, que se vio poderosamente secundado por Rodríguez Correa. El primero llegó á los más altos puestos en su carrera política, á embajador y ministro de la corona; el segundo, aunqiie picó menos, también alcanzó un sitial de consejero de Estado. Entre ambos, entre Pepe Luis y Correlta, como se les llamaba, se estableció desde el primer momento una corriente de simpatía, basada en su carácter festivo, en su tendencia igual á la sátira, en sus ocurrencias espontáneas, en su afición al comentario, vulgo á sacarle punta á las cosas. De aquellas sesiones íntimas, de aquel cambio continuo de impresiones sobre el motivo del periódico, con un número en la mano, hubiera podido conservarse un derroche de gracia finísiu a de haber instalado en la redacción un fonógrafo (inédito entonces) ó un taquígrafo. Y no parecía sino que, lo mismo Albareda que Correa, se volcaban en el diario; así resultaba éste de ingenioso y chispeante, de sarcástico y risueño aun en los fondos de mayor seriedad y trascendencia. Eran dos abejas que clavaban el aguijón, pero dejando untado de mieles el papel. He hablado antes de la espontaneidad en el comentario, lo mismo de Albareda que de Correa, y que hace ue, ojeada hoy la colección de El Contamnoráneo, resulte el periódico con una frescura de fondo y forma como si se escribiera en el día, y á pesar de los años transcurridos. De esa espontaneidad recuerdo dos mvies tras que no creo equivocarme al atribuírselas. Después de salir de un baño muy sucio, pi- eguntaba Albaredar ¿Y dónde se lava uno ahora? Devuelta á Correa por un camarero de café una moneda de dos pesetas, diciendo: Son falsas replicó Correa: ¿Las dos? Con ins iradores así tenía que resultar el diario lo qiie fué. Ju- N L i i s LEOX