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¿Qué piensas que hagamos? c toda nuestra lierencia, apenas nos quedan veinte mil francos- -Volveremos al Haya- -le respondí, -y mientras haya mala salud, yo ganaré lo suficiente para vivir. Y Rodolfo exclamó: ¡Eramos tan ricos! Pensó un instante en todas las desgracias de su vida, y una lágrima muda, pero elocuente, se r deslizó por sus mejillas. Le dejé solo. Por la noche volvió al hotel extremadamente serio. Adiviné lo que pasaba. ¿Has jugado? -le pregunté temblando, porque yo detesto el juego. -Sí, -me respondió. ¿Cuánto? -Todo. ¿Todo? -Todo. ¿Es decir que estanros ya comp pobres? -Mira. Y- al. decir esto, Kodolfo sacó de un 1. luis y me dijo: -Esto os todo lo que nos queda en (IV 1 i i i Vi La historia que n o s refería el joven hol interesaba en extremo á los duques y á mí. i I él un momento; tomó un sorbo de cerveza, y continuó: -Pasamos la noche eu vela. Rodolfo creyó sin duda que yo dormía, y se desahogó llorando. Yo lo oía loi- ¡r y procuraba fingir un sueño de que no disfrutaba. Sabía que mi h e r m a n o se levantaría á la m a ñ a n a siguiente con rostro sereno y procuraría disimular la pena que destrozaba su alma. lífoctivamente; por la maiiana temprano se vistió, y me llamó creyendo que dormía. Híícele creer que me despertaba. -Mira- -me dijo; -es preciso ver cómo buscamos un poco de dinero para pagai- el gasto del Iiotel y el viaje hasta nuestro país, porque con un luis es iniposible disponer luwla. ¡Y sonreía el pobre al decirme estas palabras! -Eso es muy fácil- -lo dije. -Aquí hay paisanos nuestros que no jjueden so. spechar que hemos llegado á tal pobreza; diremos que liemos tenido el capricho de jugar y que hemos perdido. Pediremos prestados quinientos francos- -Bueno Tú harás lo que mejor te parezca. Y salió. Hice lo que pensé. Pedí á un comisionista amigo mío los quinientos fi- ancos, y volví á rounirme con nii liermano. Le. busqué por el salón de lectura, y no estaba; en el restaurant, tampoco. Di con él en la sala de jue. u: o. Estaba sentado en un extremo de la mesa, con los codos apoyados en ella y la cara oculta entre las manos, j cnía inclinado el sombrero hacia las cejas. Xo se le veía el rostro. -Rodolfo, -lo dije tocándole en la espalda. -Duerme- -me dijo un jugador. -No juega, y hace mucho rato que está así. Sin duda le gusta oir cantar los m imeros sin mirar á nadie; por eso tal voz se ha ocultado la cara entre las manos ¿lis amigo de usted? -lis mi hermano, -respondí. -7 ¡Ah, ya! Lo digo, porque si no juega, podía dejar el puesto á otro. E n aquel momento Rodolfo apartó una de sus manos del rosti- o, sacó del bolsillo el luis que me enseñó! a noche anterior, el único Itiis, el último, y lo puso al ncrjro. En seguida volvió á colocarse como estaba, con el rostro entre las manos, los codos en la mesa, y el sonibri. ro sobre los ojos.