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Xv A S E 1 I H (PARTE SKGUXDA) Guando me (X) nt (j esto fracaso, iiio (lij lira, creo que no acertaré en naala de lo (jue me propongo, porque estoy enamorado. Y me contó sus amores. La poseedora de su corazón era una niña angelical que gozaba gran fama de virtuosa en el pueblo. Era huérfana. listaba al cuidado de unos arientes lejanos. E r a muy pobre; poro ¿qué importaba? ¿no era mi hermano todavía ritió con las dos terceras partes (juc de mi regalada herencia le quedaban? Al mes de haberme hecho aqueha revelación de su amor, conseguí verle casado con su anuuia. ¡Gozalia yo tanto con verle (lidioso! Los no. gocios prosperaban. Había admitido un gerente muy experto, un hombre lleno de actividad, ue la joven esposa había recomcjidado jxir ser algo pariente suyo. Kodolfo dio á este hombre plenos poderes para que le re resentase en una gran subasta. ¿Queréis creer que el gerente y la esposa virtuosísima luiycron del Ihu- a un día al amanecer, y fueron á derrocha nuestro dinero á 2 sew- York? Creeillo, porípie es tan cierto como espantoso. L na sonrisa, sólo una sonrisa lirotó de los labios de mi pobre hermano. Quiso tener valor y lo tuvo; ero aquella dolorosa desgracia fué para él y aun ara mí la mayor que luista entonces pesó sobre nosotros. líodoU o nettesitaba distraer su dolor. -Cierra el almacén- -lo dije; -vendo lo (pie cu él queda; rodiícelo todo á dinero. Te restan unos cien mil francos de toda nuestra, herencia. Es xn eciso (pie viajes, por (uo estás enfermo. Yo soy médico, y estas palabras le sorprendieron un poco. ¿Estoy enfermo? -Sí. ¿De gravedad? -No. Y al decirle esto lo engañé. Hacía tiempo que yo adivinaba en él todos los síntomas del aneurisma. Podía morir dentro de un mes, dentr- o de veinte años; pero la enfermedad no tenía remedio. Se resistió á emprender un viaje por no tener el desconsuelo de dejar de verme. Pero le prometí acompaiiai) e. Dejé mis enfermos, mi casa, mis afecciones todas, y salimos á recorrer la Europa. Después de un viaje por líspaña é Italia, Erancia y Rusia, volvimos á Alemania, y nos detuvimos aquí donde i ahora os refiero esta historia. Atprí, en Ilombourg, pasamos una larga temporada. A (juí jugó mi liermano diferentes veces, y perdió siempre. o había de erder, si en su vida tuvo la satisfacción de cortar nada? lira, sin embargo, notable por su nperturbabilidad. Perdía miles de francos con na serenidad envidiable. E s muy general (jue todo jugador se le enrojecen gradualmente is orejas; ¿lo habéis reparado? lis im detalle ómico de la desesperación (jue se apodera de uien juega, que suelen observar todos los que acen en estas casas el papel de espeííadores. ii hermano no varió nunca de color. Su pahez habitual no le abandonaba ni un instante. Como le conocía bien, nunca se me ocam- ió letenerle si ganaba, ni retirarle si perdía. Aun ue le luibiese visto ganar diez millones no le hubiera diclio retírales, listo le liubiera indignado. Su carácter no aíunitía -onsejos ni reprensiones. Era lesgraciado, pero esto no era (aupa suya. Nadie podía ni debía luicerle cargos. Una tarde, sentado á una de estas mesas, me dijo: