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que todavía recuerda con horror Mr. Blanc, el director de estos juegos. ¿Queréis oir la gran jugada de mi hermano? Le invitamos á ocupar un asiento á nuestro lado, y comenzó de esta manera: III Rodolfo ocasionó la ruina de nuestra casa. A la muerte de nuestro padre, que era acaso el comerciante más rico del Haya, nos repartimos la herencia como buenos hermanos, y cada uno se propuso aumentar lo heredado de la mejor manera posible. Eramos tres: üodolfo, que habla seguido la carrera mercantil; Esteban, que era abogado, y yo, que soy médico. Rodolfo era el mayor; le queríamos como á un padre. La pérdida del nuestro, que tanto sentimos, es. taba, compensada por el cariño y el respeto que Rodolfo nos merecía. E r a tan bueno, tan generoso, tan digno de ser querido, que no había posibilidad de hallar en él defectos. Pero Rodolfo había nacido para ser infeliz y hacer infeliz á cuantos le rodearan. ¿Me podéis explicar en qué consiste eso que en unos pueblos se llama la fatalidad, en otros el sino, en otros la sombra, en otros Dios, en otros la jettattira, en otros la desgracia, en otros la mala estrella? Rodolfo emprendió negocios en grande escala, iiegocios de osos que llaman los comerciantes claros, indudables, de ganancia segura. Perdió siempre su dinero. Tres años bastaron para que desapareciera su capital por completo. Se había hecho armador, y tres grandes barcos de su propiedad que salieron de nues tro puerto con rumbo á las costas de África, donde se proponía introducir mercancías de gran resultado, fueron presa de los elementos en alta mar, y perdióse con ellos el resto de aquella que fué grande riqueza cuando mi buen padre abandonó la vida. E r a pasajero de uno de los barcos nuestro pobre hermano Esteban, que con morir por, seguir los consejos d 3 Rodolfo, yendo á las costas de Guinea en calidad de gerente de nuestra casa, nos dejó, á más de desolados, pobres, supuesto que en aquella gran empresa iba comprometida también parte de la herencia suya. i 3i. Quedaba lo que yo heredé como ellos. Conmovidísimo ante la terrible desgracia de mis hermanos, y viendo á Rodolfo, si no desconsolado porque su carácter era fuerte y sufrido, por lo menos sin esperanza alguna de mejor suerte, lo dije un día: -Rodolfo, se ve claramente que no ores afortunado; pero en mis viajes por E s p a ñ a he aprendido un proverbio que dice: Dios niejora sus -l horas Tú y yo somos una misma persona. Yo soy médico, y no en tiendo de negocios, pero conservo intacta mi herencia. ¿La quieres? ¿Para perderla y arruinarte? -dijo mi hermano con una sonrisa de amargura. -Para lo que Dios quiera, -le respondí. Y á los pocos días la casa Remhrant Hermanos, que así se llamaba la nuestra, entró en un nuevo período de prosperidad que sorprendió á los comerciantes del Haya. í H e dicho que Rodolfo tenía el carácter fuerte. Debo rectificar. Era una naturaleza especial la suya, un temperamento r a r o Tenía una especie de resistencia pasiva que aún. hoy me. admira. Le 1- 7 sucedía una desgracia horrible, y su rostro no se alteraba. Podían decirle en un momento dado, cuando menos lo esperase: Estás arruinado y no pestañeaba. Y no era que careciese de sentimiento ni de sensibilidad. E r a que desde niño estaba acostumbrado á sufrir contrariedades. Tenía valor y tesón, y quería luchar, y, luchaba; y ía desgracia no le daba un susto nunca. E n cambio yo le he oído sollozar mil veces en la soledad d é la noche, cuando, encerrado en su cuarto y dando vueltas en el revuelto lecho, pensaba en su porvenir; en su hermano muerto, en su hermano v i v o porque me quería entrañablemente, y temblaba de perder mi caudal, que no quería considerar como suyo. Comenzó un negoció de licores, y perdió más de la tercera parte del capital que yo le había confiado. Un convecino suyo, picaro redomado, halló ocasión de cederle, á bajo precio y como buenas, un crecido núnrero de pipas de cura ao, que tuvo que malvender precipitadamente. EusBBio BLASCO OTlU; IOS IJE M. BRINCA