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dos ó tres l; ¡i. süs á nerjro ó colorado, buscando siumi rc una serie. Entonces pude observar que las series son muy frecuentes en la ruleta. IJR mitad de los números de la rueda son iiorjros, la otra mitad son colorados, líl jugador (jue prefiere jugar los colores á jugar los niimeros, no obtiene más ganancia que la cantidad jugada; pero en cambio suele suceder que se den cinco ó seis negros ó encarnados, y en tal caso la ganancia es casi mayor que la que se puede obtener ganando treinta y cinco por uno. Una tarde en que la duquesa tuvo la humorada de arrojar cinco luises al negro y la paciencia de esperar á ver si los negros se repetían, vio colmados sus deseos. Seis lu uneros negros ocupó la bola seguidanrente: cinco luises que hacen diez, diez que hacen veinte, veinte que hacen cuarenta, cuarenta que hacen ochenta, ochenta cjue hacen ciento sesenta, y ciento sesenta que hacen trescientos veinte. Trescientos veinte luises. Seis mil cuatrocientos francos obtenidos con cuatro napoleones. ¡Brillante jugada! -lo dije á mi amiga. -En cambio, yo he jugado al encarnado- -me dijo un polaco que estaba delante de nh, -y lie perdido doce ndl francos en menos de tres minutos. Tal es la ley eterna de las cosas do la vida. Unos han de perder para que otros ganen. lis lo (pie los diplomáticos suelen llamar en política el equilibrio europeo, como si les creyéramos por eso. La du iuesa recogió su montón de oro, 1 ramos del salón. Discurrimos acerca de 1 dad del juego (por lo mismo que se acab nar) y mis dos amigos me refirieron una 1 anécdotas curiosas, referentes todas á jugadas y jugadores. E n todas ellas había, horribles detalles, sucesos dolorosos. -Yo jxiego muy pocas veces- -me dijo el duque, -y esas por el gusto de despreciar la fortuna. Tengo la evidencia de que si jugara diariamente me arruinaría, y acab- aría por hacer del juego una necesidad, un oficio, un modus vivendi; y crecdme, la fortuna no se busca, se encuentra. Jugar p a r a liacer negocio es una simpleza. Todas las grandes jugadas se han bocho por hombres que, ó no necesitaban. el dinero que ganaron, ó se encontraron millonarios cuando menos lo csperaba- n ecliando al azar unos ctiantos francos. Hay además una fatalidad inevitable que pesa sobre todos los jugadores del mundo. Dado que los jugadores puedan ser gente honrada, estad seguro de que siempre gana quien menos lo merece; por otra parto yo he observado E n tal plinto interrumpió nuestra conferencia un joven holandés qtie tomaba cerveza en una mesa próxima á la nuestra. T e conocíamos de vista. -Perdonadme, señores- -nos dijo, -si me ingiero en vuestra eonvGrsación; -pcro- un ejemplo que quisiera poneros probará la verdad de cuanto está diciendo este caballero (y señaló al duque) Es un hecho histórica)