Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
XJ vL No sé si alguno de ixis lector conocerá el inmoralísimo juego la ruleta. Quiero suponer que. porque desgraciadamente este j t go se permite en la mayor parte las poblaciones d e Europa, ó p mejor decir, se tolera. Apenas h: casino ó sociedad de recreo doni cuatro ó seis aficionados no haj- i conseguido implantar aquel juej seductor como ninguno para los j gadores, y fascinador como poc para los incautos. La ruleta h a arruinado casi á ta tas personas como se han acereai al tapete verde que á ambos lad de la rueda giratoria contiene cuadro de los números que han de salir premiados. Pero como no se ha dado caso de Jugador arrepentido ni d e escarmiento verificado, á cada nueva ruina sucede una nueva afición, y la perspectiva de una riqueza rápidamente adquirida, es gran fomento del vicio y no menor ganancia de los que explotan este mismo vicio. De algunos años á esta parte, los especuladores de este género de saqueo disimulado han elegido como grandes centros de s u actividad aquellos sitios donde es mayor en verano la afluencia de gentes acomodadas. Los baños que ó por moda ó por necesidad son frecuentados en el estío por aristocráticos viajeros, suelen tener todo género de alicientes para esparcimiento del ánimo y mengua del bolsillo. ¿Quién n o h a jugado algunos francos á tal ó cuál número con la esperanza de ver aumentada su fortuna en tan gran proporción como todo el mundo sabe? Un franco producirá treinta y cinco; y si estos treinta y cinco francos se ponen á otro número y este otro número también es premiado, entonces multipliqúese treinta y cinco por sí mismo. Tal es la ruleta. Tal es la esperanza del jugador: acertar un rato, nada más que un rato, y el cuento de la lechera y los pensamientos a, quellos del centinela sKmK (PARTE PRIMERA) del soneto son pequeneces ante lo que el ridetista decidido se promete. ¡Lástima grande que todavía no nos haya contado la fama el nombre de ningún feliz mortal enrique- cido por la caprichosa bola! Lo único que sabemos de cierto es que los jugadores suelen suicidarse ó acabar por pedir limosna, mientras que los caballeros particulares que dan vuelta á la rueda é impulso á la bola, ó los capitalistas que allí les colocaron á sueldo, suelen ganar diez ó doce mil duros mensuales en España, donde el número de jugadores es más corto ó menos rico; cien ó doscientos mil francos en Francia, ó en Italia, ó en Alemania, donde las jugadas son más importantes y los jugadores más tenaces. A pesar de esto, la afición aumenta de día en día, si hemos de juzgar por el aumento que ha sufrido la especulación en estos últimos años. E s que la sed del oro y la necesidad h u m a n a se pasean del brazo por Europa, contándose una á otra que cada día son mayores las necesidades de los que no viven de su trabajo. Y sobre todo: ¡Quid non mortalia pectora cogi. auri sacra fames! II Fué en Hombourg, bien me acuerdo, nos decía el general. Allí era donde solía encontrar, en uno de los. casinos, siempre henchidos de gente que había ido á gastar en verano las rentas del invierno, á los Duques de un matrimonio ruso de conversación agradabilísima y excelente trato. Me había presentado á ellos un diplomático español. Simpatizamos pronto, y todos los días tomábamos juntos cerveza. También allí había ruleta. La concurrencia á la sala de juego era muy numerosa; enormes las cantidades que se atravesaban. El duque solía jugar de cuando en cuando, no por vicio, sino por distracción. Más de una vez me admiró su imperturbabilidad en la ganancia y su sonrisa de desdén ante la pérdida. Solía poner