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CT- JJ KLDO J IvULKTKCK lAiíf úllimos tiasnochadoreis, aquellos quo por sus ucpocios ó ioi- sus laceres esperan (jue el alba asouic y les vaya enviaudo enhor: unala á sus respectivos domicdlios, yini al pasar con dirección á éstos por tal ó cual plazuela madrileña misteriosos grupos de individuos, cuyas cabezas cubren anchos paveros, y que semejan repatriados de CAíhíi celebrando xm. para solicitar que les satisfagan sus alcances. No s n, no, osos individuos, á los cuales la indecisa claridad del naciente día rodea de cierto misterio, l o s heroicos soldados que pasearon por la manigua la nostalgia de la patria: son sencillamente, los b a r r e n d e r o s encargados de la limpieza niatiitina do Madrid, y que antes de empuñar escobas y palas para. entregarse á t a n plausible tarea, acuden medio dormidos á los puntos estratégicos de la corte para que el cabo les i ase lista y les dé la orden de comenzar el simpático barrido. Por eso, entre los gritos del ve idedor ambulante que pregona. ¡Café caliente! y las voces del trasnochador q u e se desgañita llamando ijPepe! á su sereno, se oye al cabo de la cuadrilla de barrenderos jtasar listtv á su legión sagrada diciendo; tFernández, Pérez, líodríguez, 8 ánehez á cuyos apellidos responden acjuéllos: Presente, presente, presente s Y con esa plebeya lista de barrenderos cónnenza el día de Madrid, del Madrid q u e se durmió conservando en sus oídos las armonías del líeal, 1 S galanteos de la ¡n, r ¿B aristocrática (3 las murmuraciones de la tertulia política. Inmediatamente después de la lista, la legión urbana se dispersa y principia el barrido. Escobas diestramente manejadas l e a n t a n nubes de polvo en las calles de la capital, mientras la poética aurora limpia tamV) ién de nubes el cielo madrileño. Un barrido abajo y otro arriba. (Cuantas hediondeces, cuantos detritus dejó en las calles de Madrid la jornada anterior, van apiñados por l a s íiscobíis y recogidos por las iialas al carretón municipal que ha de conducirlos, no al Ayuntamiento, sino á l o s depósitos de la Villa. Pas mangas de riego completan y perfeccionan la obra de las escobas, y al surgir el s o l triunfalmente en el cielo, sus primeros rayos iluminan una ciudad medianamente limpia, y que, como el individuo iue acaba de lavarse, nuiestra en su rostro la sana impresión del agua fresca. Y mientras los Sánchez, los Pérez y los Rodríguez de la escoba, cansados de barrer, lían en medio de l a calle t us cigarrillos, pasa á todo escape el choche del ministro de la Gobernación, y éste se retira á descansar satisfecho de que el telégrafo le baya contado. que en. todaJ spaña. cpinenzó. el, tenieroso barrido en m e d i o d e un orden perfecto. Y el ministro se duerme y sueña con la regeneración! Josís DM K. U. UK Futo I. AüfuiO