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Una tarcifr, el pastorcillo llevó ¡i su novia un ramo de flores amarillas. ¿Dónde has encontrado estas flores que parecen de oro? -En la pradera. Había muchas de colores distintos, como aquí; pero he querido coger sólo de gestas, jiorfiue tienen el mismo color que tus cabellos. ¡Qué bonitas son! Las pondré en agua, y cuando se marchiten las guardaré como lecuerdo del primer regalo que me haces. -Y como recuerdo del día más triste de mi vida. ¿Del día más triste? -Sí, porque hoy es el último que nos vemos. ¿Por qué? ¿Te han despedido de la masía? -No, pero es igual. Han venido á llevarme para servir al rey La pastoroilla se echó á llorar. ¿De modo que ya no nos veremos? ¡fiabe Dios hasta cuándo! Al despedirse, después de muchas lágrimas y muchas protestas de cariño, Marta le dio á su novio un ¡uñ: (lo, de aquellas flores. -Guárdalas como yo; ellas han de decirte si te olvido, como éstas que yo conservo me lo dirán á mí. ilientras las vea frescas y lozanas, será que tú me quieres; si las veo palidecer y marchitarse, comprenderé que me olvidaste. -Entonces vivirán aún después de que yo me muera. -Y éstas no se secarán nunca, -ailadió Marta besando las (lores apasionadamente corno para darles algo más duradero que su vida: su amor infinito. Una noche, después de algunos años, Jorge volvió á la aldea. Pero pudo llegar gracias á un esfuerzo sup; c nio, porque sabía que iba á morir y quería exhalar el último suspiro en brazos de su novia. Habíale tocado ir á la guerra, y de allá regresó moribundo á causa de la tisis. Sus ojos anhelantes, escudriñando en la obscuridad de la noche, habíanse iluminado siíbitamente al adivinar, envuelta en la sombra, la silueta del pueblo. Esto le dio valor, y siguió andando; pero poco después las fuerzas se le negaban por completo, y tuvo que dejarse caer junto á la puerta de u n a de las primeras casas de la aldea. Encontráronle á la m a ñ a n a siguiente rígido, helado, muerto. Sus manos apretaban contra sus labios un manojo de flores amarillas, dando á entender que besándolas con el frenesí de la agonía había exlialado e! ultimo sxispiro. La tristeza mató á la piístorcilla. E r a imposible que un amor como el suyo sobreviviera al ser amado. Sólo un deseó manifestó al morir: que la enterraran junto al que había sido su novio, y que aquellas llores, aún lozanas, fuesen puestas en la cruz que debía cobijar sus dos cuerpos. Así se hizo. Y con asombro de todo el pueblo, aquellas flores no se secaron nunca. La lluvia y el viento fueron destruyéndolas, llevándoselas; pero tan lozanas como el primer día. ¡Y cómo habían de marchitarse, si ellas simbolizaban xm amor santificado en vida, que había do liacerse eterno en el infinito! He aquí por qué fueron bautizadas con el nombre de siemprevivas, y por iué el sentimiento humano las escoge como emblema de los amores que no perecen, do los recuerdos que no se extinguen. DUiLMOS D E HEOIDOH IC. CONTREEAS Y GAMAUGO