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LA SIEMPREVIVA Los amoi cs de aquellos dos muchachos eran uno de esos idilios pastoriles en que se inspiró el arte del siglo x v i i i para componer hermosos lienzos, tapices y esculturas. Xi la sombra de un mal iensandento había enijiañado su limpidez y su pureza. Era la unión por simpatía lie dos almas angelicales que, desconociendo la ausa, se sienten atraídas una por otra con fuerza irresistible. Marta era una pastorcilla de quince años. A nwidclo ideal para un idilio: de semblante infantil y bello, que iluminaban unos ojos azules llenos do poesía; de cabellos (iorados que irradiaban al sol; de flexible cintura y airoso cuerpo. Jorsíc parecía un jovcncillo napolitano. Orlaban su send) lante, de correctas facciones, los rizos de su cabellera abundante, y era intensa y profunda la mirada de sus negros ojos. Se conocieron en la masía una tardo en que Dios dispuso, para su mutua felicidad, que regresaran á la mism a hora á hacer entrega de sus rebaños. Las cabritas de Marta y las ovejas do Jorge entraron á la vez, confundiéndose unas con otras, y los dos pastorcillos quedaron contemplándose, y aquella mirada produjo el fuego que fundió en una sus dos almas. Fondo el más apropiado para aquel idilio de amores era la campiña sin límites donde todos los días se encontraban. E n la soledad de aquel paisaje esplendoroso, en el silencio sublime de la Naturaleza, sólo turbado por el esquileo débilísimo de las cabritas y las ovejas al despuntar la hierba, que pa ían tranquilamente, bajo un sol que daba á los verdes tonos brillantes, reflejos deslumbradores á la tierra, y al cielo un matiz azul luminosísimo, y tan diáfano y tan puro como aquellos amores qu hai) ía inspirado; alegres, felicísimos como aquella Naturaleza sonriente, los dos muchachos renovaban á cada instante el poema de su cariño, el eterno poema, siempre igual y siempre nuevo para los que son sus protagonistas.