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Kl demonio, empeñado en extraviar á aquel espíritu inconquistable, le tentó todas las fibras donde residen los sentimientos pecaminosos. Fué trabajo perdido. Donde pensó encontrar la soberbia halló la humildad: donde la envidia el amor, y así sucesivamente. No había vicio ni pecado por donde cogerlo. Pero el demonio, que es muy ladino á fuerza de escarmientos, decidió cogerlo por las virtudes, pensando sabiamente que la virtud exagerada puede convertirse en daño del virtuoso, porque tanto se peca por carta de más como por carta de menos. Tenía Idael un compañero de quien nunca se separaba. Amábanse como hermanos gemelos; más todavía, como almas gemelas. Ambos ángeles estaban encargados de la custodia de una gi- an estrella para librarla de los asaltos infernales. Dios, resuelto ya por entonces á crear este globo terráqueo, pensaba sacarlo de un pedazo de esa estrella. El infierno envió contra el astro numerosísima legión de demonios que lo invadió por muchas partes á la vez con el propósito estratégico de dividir la atención y vigilancia de los custodios. Y como sucedió así, en efecto, Dios ordenó á los ángeles que cada uno de ellos vigilara una región con la ayiida de otros dos ángeles inferiores mandados dé refuerzo. Nuestro Idael tuvo que apartarse de su amado compañero. Con esto quedó ya tendido el primer hilo de la red de Satanás. Idael fué presa de una vaga melancolía que tardó poco en llegar á indomable excitación de los ner ios. Se volvió colérico, aunque sin ofensa ni daño de nadie, porque la cólera de los buenos recae sobre ellos mismos. Cierta noche, los dos ángeles se vieron desde muy lejos como se ven dos luceros en el espacio. Conociéronse por la inmensa ráfaga de luz que sus alas esparcían al volar. Idael, tentado del demonio, se acercó á su hermano. Con olvido de su vigilancia, se entretuvo con él muchas horas, y más hubieran pasado si el otro ángel, menos distraído ó menos desmemoriado de su obligación, no se la recordara. Entretanto, los demonios, aprovechando el descuido, hicieron algunas diabluras por la parte abandonada de la estrella. Idael fué reprendido, pero perdonado de (íastigo más grave, porque su falta venia del amor, y el amor indulta todas las faltas ante Dios, que es el amor infinito. Idael estaba cada día más melancólico y n e r v i o s o El diablo explotó aquel estado, propenso á la suspicacia, sugiriendo á Idael pensamientos mortifi (tadores. Tu compañero- -le dijo- -te ha olvidado. Se separó le ti con tanta priesa aquella noche por cumplir, no con su obligación, sino con la amistad del ángel que ahora le acompaña. La amistad y el amor son afectos de costumbre, y tu hermano h a perdido la stumbre de tu compañía. Idael lo creyó ino 6 ntemente y sintió el dolor de la ingratitud, que es el dolor de los celos puros del espíritu. Desde entonces no tuvo hora de reposo. Perdió la fe hasta en los ángeles y se hizo desconfiado. Perdió la serenidad celeste, y se hizo iracundo, injusto V visionario.