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í S- v 5 ¿S I ir ÍJ? Ir í X f X JL Í I On üKIv TIXvO E n los principios de la creación, cuando el liombre no había aparecido aún sobre la tierra, los ángeles y los demonios, enemigos irreconciliables, se disputaban el dominio de la materia cósmica como después se disputaron la posesión del alma humana. Acudían para conseguirlo á todos los ardides de la guerra: ardides malos poi parte de los demonios, y buenos por parte de los ángeles, con lo cual está dicho que éstos habrían sido siempre derrotados si no les asistiera como les asistía la protección de Dios. Los demonios dirigían con preferencia sus aseclianzas contra los ángeles mejores, contra los ángeles más ángeles, considerando que por inocentes eran los más fáciles al engaño. Había entre todos uno santo y honrado desde los pies á la cabeza, incapaz de faltar ni de obra, ni de palabra, ni d e pensamiento á sus deberes, el cual era por la razón de esos méritos, y además por la circunstancia de su gran belleza, imo de los prodilee tos d e los tronos celestiales. Estimando en mucho su adquisición, las artes diabólicas la habían intentado siempre sin fruto, porque Idael- -que así le llamaban- -las conocía exporimentalmente desde aquellas peligrosas jornadas d e la rebelión de Luzbel, para la cual anduvo muy solicitado y requerido y a con proposiciones descubiertas, ó ya, con pérfidas astucias do que salió vencedora su fidelidad. Pertenecía á una do las jerarquías supremas, de las más cercanas al trono omnipotente, esto es, á la alta aristocracia del cielo, que por allá también hay clases y categorías, según autores que de ello tratan y entienden. Por esta condición de su nacimiento y trato, Idael tenía finura y delicadeza extremadas, así en su forma corpórea como en su esencia espiritual. Y por efecto de esa finura d e su complexión y de las graves penas y quebrantos que le produjo la rebelión ingrata de los ángeles malos, era el nuestro excesivamente nervioso y vibrante, temperamento propio. de los seres inteligentes y delicados. Todos los afectos tomaban en él intensidad do pasiones que le exaltaban el espíritu y le estremecían las alas como si fueran de medrosísima paloma. Era no u n amigo, sino u n enamorado de sus amigos, á quienes consideraba como pedazos separados de su misma j) ersona. Y era no un enemigo, sino una víctinra de sus enemigos los pecadores, por los cuales en vez de rencor, porque las malas pasiones no germinan en la naturaleza angelical, sentía conmiseración t a n sincera y viva, que el odio ajeno le pesaba como si fuera propio, y las miserias y padecimientos d e los adversarios le dolían como si él los sobrellevara. Con lo cual habría ganado el cielo, aunque no lo tuviera por ley de nacimiento.