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Dicho esto, Kenato so bajó para coger una violeta, cuyas hojas, como es bien sabido, tienen la laechura de u n corazón, y presentando la modesta flor á sxi enamorada, señaló una hoja y lo dijo: -Este os mi corazón. C l e m e n c i a acercó sus labios á la hoja y la selló con su beso. E n seguida, colocando su índice sobre la inmediata, uijo: -Y éste es el mío. Renato abrasó con sus ardientes labios el sitio donde había pos a d o el í n d i c e s u amada. La flor, cruzada por los besos de los dos enamorados, fué ofrecida á la Virgen y depositada en su mano. S u c e d i ó entonces una cosa rara. Tan pronto como la violeta sintió el contacto de la divina mano, pareció esponjarse cual si recobrase vida, y sus hojas moradas á tornarse amarillentas y rubias como si de oro fueran. Y más, más aún crecieron la sorpresa y el asombro cuándo se vio ocurrir lo propio en todas las violetas del camino, que tomaron r e p e n t i n a m e n t e un brillo dorado, extendiéndose á lo la, rgo por las márgenes de la senda, á manera de vía de luz, como una faja de oro, para alumbrar los pasos de la gentil pareja en s i regreso al castillo. Pasó mucho tiempo. Cada día iba Clemencia á postrarse ante su Santa Patrona, y siempre, aun en medio de las crudezas del invierno, hallaba la violeta erguida y lozana, ciial si la mano que la sostenía fuese pan de tie. rra con que dar jugo á la flor y alimentarla. Pero un día no fué así. Al llegar la joven junto á la hornacina, reparó que la violeta, mustia y lánguida, caía como en desmayo sobre los dedos de la Virgen. Se acercó inmutada y presa de mortal zozobra. De la hoja del corazón de Renato brotaba una gota de sangré viva. DIBUJOS DE VAKKL. V ¡Renato h a nuierto! -clamó la triste con el grito supremo del alma. Y se desplomó á los pies de la Virgen del Sauce. Ko tardó mucho en saberse que el día mismo de este sucoso, Renato había perecido en la funesta jornada d e G u i n a gaste. Entonces Clemencia, que vivía sólo de su amor y para sus amores, roto á pedazos el corazón, viuda de su alma, que parecía haberse ido con Renato, sola y abandonada, de cidió retirarse á un claustro. Antes, sin embargo, quiso realizar un deseo que muchas veces había oído expresar á su amante, poeta enkisiasta y soñador, como fueron siempre y siempre serán los poetas. E r a Renato quien le había inspirado el gusto de las letras con gratas l e c c i o n e s de poesía provenzal, y repetidas veces le había oído lamentarse de que se hubiesen interrumpido los certámenes de la violeta de oro, dejándose perder miserablemente la semilla sembrada por los siete mantenedores de 1324. Porque era así, en efecto. Hasta mediados del siglo XV se conservaron la tradición y las luchas poéticas, pero á datar de aquella época habían cesado por supresión de los fondos que para su sostén facilitaba el Capitolio. Clemencia Isaura entonces, por amor á su prometido y en satisfacción de sus deseos, quiso restablecer los certámenes bajo el nombre de Juegos florales, y en 1495, antes de llamar á la puerta del monasterio donde fué á sepultarse en vida, legó toda su fortuna para crear de nuevo el premio de la violeta de oro y dotar pródigamente la institución destinada á perpetuar en la tierra el amor á la poesía provenzal y en el cielo de sus recuerdos la memoria del amado de su alma. Ni VíCTOK BALAGUER