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rtSÍ Wy ií LA FLOR DE LOS POETAS Durante el siglo x i n estalló en lo que hoy es Mediodía de Francia la llamada guerra de los Albigenses. Con aquella lucha tan cruel, que sostuvo Francia apoyada por la Iglesia, las ricas copiarcas do rro -enza acabai- on por perder su nacionalidad. Fueron cayendo, una tras otra, las villas y ciudades; murieron ó emigraron aquellos varones poderosos, (lue eran fuerza y vitalidad de la patria; acabaron por el incendio, el saqueo ó la ruina aquellos castillos que eran centro de prez y gentileza; desaparecieron los trovadores, es decir, los que eran espíritus educados 3 almas templadas para la libertad y la cultura. Francia se apoderó de todo. Su dominio se extendió por todas partes, líl país conquistado hubo de aceptar la ley del ven edor. Proscriptos de su tierra todos cuantos lograron hurtar su vida á la matanza, ya que no sus bienes y liai- iendas á la rapiña, se refugiaron en comarcas de Cataluña, Aragón y Castilla, donde fueron recogidos y hospeda ios por magnates y j) rínc ¡pes, especialmente por Pedro I I I de Aragón el Grar. idaj por Alfonso X de Castilla el Sahio. De este último se dice que concedió derechos de ciudadanía y franquicia á los trovadores proscriptos, y que algunos de éstos llegaron á ser sus íntimos, sus consejeros y sus ministros. Sin embargo, la tradición poética continuó viva en los países de Provenza, y es fama que los últimos trova iores, al comenzar el siglo x i v se reunían secretamente en un apartado jardín de Tolosa, donde al pie de un laurel, al oído y á escama de las leyes, como si se tratara de una conspiración ó de un crimen, recitaban los cantos y serventésios de los grandes maestros, conservando así el fuego sacro y con él. el amor y culto de aíjuelia lengua y de aquella poesía proscriptas entonces por los dominadores do Provenza, quienes olvidaban que con ellas se había despertado á la Europa del letargo en que estuvo sumida por el ilotismo de los tiempos bárbaros. Kn aquel grupo de poetas ocultos en el silencio y soledad de un parque se encuentra el nacimiento de los juegos florales. En 1; 323, la que se tituló Sobrcgaya compañía do los siete frovadoros de Toloaa, envió desde su jardín una convocatoria e n v e r s o á todos los países en que so hablaba la lengua de Oc, invitando á los poetas á concurrir al certamen que se abría en Tolosa. para el año siguiente de 1324, y ofreciendo como premio una violeta de oro á! a riiejor poesía entre las presentadas. Pocos años después, en vista del aplauso público, el Capitolio, es decir, el Capítulo ó Miinicipio de Tolosa, tomó bajo su protectorado la naciente institución de los poéticos certámenes, acordando que la violeta de oro sao ofrecida como premio fuese costeada por la ciudad, y encargando á Guillermo Molinier, canciller de la mpañía le los siete mantenedores, la redacxíión Je unas reglas ó arte de trovar. Esta obra, conocida por Ty