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con exquisito pincel y casto, tienen todas en un jarrón angosto, ó alr O- idor de la sien, las azv litúrgicas, -las reinas de Egipto, cuyas estatuas de I enriquecen el Mus o del Louvre, muestran sobre la ini peluca de corte, trenzada y dorada, la Üor del loto, y veces la llevan en la mano, como precioso talismán... ¡Tantas cosas trae á la iuiaginación la ñor del loto! embargo, á despecho de su mistoriasá grandeza tradi y de su gra. cia exótica, hay momentos en que he pe que debiéramos arrancarla con furor, pisar sus raíces marlas después, esparcir las cenizas y soplar á fin de c caigan dentro de las paredes de nuestra huerta ¿Po Vais á saberlo, españoles La leyenda del loto, su vn riosa leyenda, no es la asiática, sino la africana; la da del país de los lotófagos, una islita de la pequeña Sirte, llamada hoy por los árabes Gerbi. Yo os referiría esta leyenda de tan profundo sentido, de enseñanza t a n ejemplar; pero ¿no es mejor que la cuente el viejo aeda de Quios en su sencillo lencuaje? H e aquí lo que Homero, en la Odi 1 boca del prudente ülises, cuando este héroe entera á Alcinoo de los trabajos que pasó al regresar de Troya á Itaca: -t i Nueve días enteros me llevaron por el furioso mar vientos adversos, y al décimo arribamos al remoto país de los Lotólagos, que comen un íloL- ido manjar. Desembarcamos allí, y cogimos agua, y su comida mis compañeros al instante hicieron junto á las raudas naves. Satisfechas liambra y sed, envió de exploradores ti- es tiombres: dos soldados escogidos y un her. aldo el teroei- D, á que mirasen cuáles gentes de trigo se nutrían en aquella región. Obedeciéronme, y pronto á los Lotói agos hallaron, que lejos de matar á mis amigos, los dieron á comer el dulce loto. Cuantos probaron del sabr: So fruto, ni querían volver, ni darnos nuevas del país, sino estar con los Lotól ago. í y comer dulces lotos, olvidaios de volver á su patria. Al lin, i) or fuinv, i me los llevé, llorando, á mis navios, y átelos á los bancos: á los otros queridos compañeros, exhoi- í. ólos á embarcarse en seguida, por si ai- aso comiendo lotos, do la vuelta alguno no llegara á olvidarse ¿Habéis comprendido bien ol episodit 1 dadlo, fijadlo en la mente y en el corazón. Si hay u n a una hierba. un fruto, un conjuro maligno que haga oh la pntri i, arrancad laphmta, pisad la hierba, abrasad el desbaratad el conjuro; y al que se resista, influido po; nesto loto, se le aiiiarra al banco con cuerdas recias y (denas de hierro si no bastase, y levando el ancla, á toe se le aleja del país de maleficio donde la patria pued darse y su nombre borrarse del corazón EsiiLTA PAEDO BAZ S -r y