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¿Tlabéis visto la flor saora entre las flores? ¿La habéis con templado con vuestros propios ojos, y hasta cuidado en jardín, dentro de estan iue ó ilón le l ueide, alimentada por la cristalina linfa. que pi esta jugos á sus tallos fi- ruesos, á sus cle íantes hojas achatadas y tendidas liorizontalmente, á guisa de tapiz, en la superiicie lel agua, y á sus cálices de perfe -ta regularidad, tallados y biselados como el cofrecillo do joyas de una rin esa de las faraóiucas dinastías? Y si la habéis visto, ¿no os causcj impresión indeluüble- -la de ue la flor del loto, á j esar de las apariencias, no existe, no puede existir, no pne lc florecer hoy ni aun eu li) s bordes del Xilo, del Indo y del (binges, sino sólo en las i) inturas de las cámaras sepulcrales, de las pirámides egipcias y los lupogeos tebanos, en los a lornos y colliires de lasmo nias, en las ilundnaciones jeroglíficas de los robos de papiro ó en la mano, elevaoa en nn stica aí titnd, de algún dorado Duda, i iolo que todavía venei- an tantos nnllones de hombres sobre la superficie t rrestre? Irreal es la única ulabra que oxy) resa la sensación de ver surgir en la soln ehaz ilel río la floi- del loto- -blanca, azul ó rosa. Jlal) í; imos leído á (íliampollion; taridiiéu UiOS habíamos impregnado de la poesía ardorosa y exidjerante del Mdlíiiharntii. en (aiyas cdocas se reüere cómo la diosa Devi amasó on pétalos de loto el (aiej- po de Suyoda. na para hacerle liermosü solu enuinera, y mo los mismos pétalos caían en Uuvia por el dimiiuito seno de las apwfos ó ninfas de los bos (pies, cuando se dii- igían á tentar á los anacoretas ayunad. ores, mantenidos por el soplo del viento. -Y i) ensábamos ¡U (í el loío era algo soñado, análogo á la quimei- a, al grifo, al ave fciHx Que floreciese así, en aguas do un país ocíádental, bajo el tibio sol de nuestras zonas sendl rías, -nos parecía un endniste de la Naturaleza... Porípie to lo el Oriente, sus teo. gonías, sus cosmologías, su íirqxHtectura, su historia, su t r a d i c i ó n- -t o d o el Oriente, lo mismo (jue si dijésemos el origen del mundo, -se compendia y cifra en el cáliz geométrico del loto. Al presentarse el ángel (iabriel á la biscogida. llevando en la diestra la vara de azucena ue signiíi a virginidad, debió cerrarse para siempre la llor del loto, síin! olo de lo contrario. -l a azucena es el cristiarnsmo; el loto el mundo antiguo, sin freno le ley moral, lodo pasión y vida tempestuosa. íl culto del amor y le la belleza consagraba al loto, cuyo cííliz fresco y nuielle servía de i un, i á los dioses; y ios poetas persas, en las noches lunai iiyentadas, que inciran al bulhul á desgranar el collar de las de sus ti inos, dedicaban estrofas de svis poemas al suponiendo que un rayo lumínico del rostro del lindo ir (o José, el desdeñador de las egipcias- -quizás un reílede aipiellos ojos que deslumhraron á la es 0 sadel magnaPutifar, -hiriendo la corrient del Xilo y penetrando liassn fondo, hizo surgir del cieno la flor nelúmbica en eapubellísima, entreabierta á manera de enamorados labios i las castellanas representadas en las tapicerías; si las virios de los Íntores prinntivos, trazadas sobre fondo de oro l -I-