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lIombre, fábrica precisamente iio es. Mr. Gassot tiene talleres en grande escala de flores artificiales. Provee á casi todas las tiendas de ese género que hay en Madrid. -Vaya por Mr. Gassot, qué ganas de estropear, remedándola torpeuicnte, una de las cosas más bellas que ha hecho Dios. Conque florecitas do trapo- -Ea, perdónalo. Además, en las tiendas dicen que las han traído de París, como á los chiquitines, y ya tú ves, son nacidas en Chamberí, paisanas nuestras. -Bien; pero su padre, Mr. Gassot, es francés. -Sí, es francés; pero á fuerza de florecer en España, ha olvidado el idioma nativo, y ahora habla el castellano con c muda. Una verdadera lengua de trapo. ¡Lo mismo que sus flores! Media hora después llegábamos á un caserón antiguo en una de las calles más abandonadas de Chamberí, y Mr. Gassot nos hacía los honores de su fábrica de flores de trapo. ¡Diablo do hombro, y lo que hablaba comiéndose todas las letras finales! E n un vasto taller trabajaban (ros ó cuatro docenas de operarías armando rápidamente en alambres recubiertos de papel de seda verde, hojas, capullos, pétalos Era la mercancía barata. La diosa Flora plebeya. L á larga mesa en que trabajaban las operarlas iba cubriéndose de íloros, como si debajo de éstas estuviera una tiple famosa celebrando su serata d onore. El suelo del taller se hallaba cubierto de hojas estropeadas, pétalos descoloridos, fragmentos de capullos, hilos de alambre y recortaduras de papel Aquéllo, más que un jardín desptiés de un pedrisco, parecía el local donde acababa de celebrarse una juerga flamenca y barata. Hacía daño á la vista y olía mal. E l bueno de JMr. Gassot cogió de encima de la mesa una flor recién terminada, y alargándomela amablemente me dijo: -Mire usted, no lo u ¿í más que el or TO. ¡Sí, el jjcr tíTO. líecorrimos otros talleres, guiados siempre por el diablo del francés, y todos ellos me produjeron la misma desagradable impresión. Pero al entrar en el despacho del fabricante vi encima de la mesa- escritorio do éste seis ó siete rosas de té frescas, delicadas, hermosísimas, que formaban un precioso ramo, y dando un suspiro exclamé: ¡Gracias á Dios que hallo aquí ñores naturales! ¿Naturales? dijo Mr. Gassot. Xóquelas usted. Las palpé, y el tacto no me engañó como la vista: eran también flores de trapo, pero tan poética y tan naturalmente trabajadas, con tal arte 3 tanta sencillez, que el mismo céfiro juguetón de los campos se hubiese engallado al verlas. -i Son un prodigio! exclamé. -Las ha confeccionado mi mejor operaría, dijo triunfalmente Mr. Gassot; una miicltach á la c uú llatn yo la Frimaver, ¿Quicr usted veri? Tiahajn áxm pas do aqiú. Fuimos, efectivamente, á saludar á la Primavera, que trabajaba sola en un local pequeñln inmediato al des- pacho del director. Continuaba creando rosas do té. JS O levantó la cabeza al ruido de nuestros pasos. E r a una muchacha de pelo rubio y semblante pálido, una Primavera encerrada. Le dirigí no sé qué frases de elogio por su trabajo, y alzó la cabeza sin suspender la artística labor de sus manos. Le miré á los ojos- y me. esti- emceí. ¡Tenía ojos de ciega! D n rayo de sol poniente que entraba por una ventana ihiminó sus opacas é inmóviles pupilas. ¡Era ciega! i XJna Primavera ciega haciendo flores de trapo! ¿Cómo podía ser que aquellas rosas t a n frescas, tan poéticas, tan naturales, hubiesen salido de las manos de una ciega? ¿Padece usted hace mucho esa desgracia? pregunté conmovido á la pobre Primavera. -Desde hace seis años, me respondió con acento dulce y resignado. Me quedé ciega á los doce años á consecuencia de una grave enfermedad. Mi padre era jardinero del marqués de X ¿Y cómo hace usted sin verlas, esas flores tan hermosas, y sobre todo, tan verdaderas, tan naturales, tan perfumadas? ío sé si es porque recuerdo las otras ó porque las sueño... Y al decir esto dobló nuevamente la cabeza. Cuando salimos de la fábrica le dije á mi amigo: -Oye, tú: ¿no habrá en nuestra vida dos Primaveras, la Primavera de luz, que crea las flores de verdad, l a s flor. es del amor, del entusiasmo y de la alegría juvenil, y la Primavera ciega, la Primavera de la edad madura, que contrahace esas flores recordándolas ó soñándolas? ¿No serán nuestros recuerdos, flores de trapo, copia ó remedo de aquellas flores naturales que se nos deshojan en la vida? ¿No llevaremos todos en el corazón ó en el cerebro una fábrica de flores artificiales? Mi amigo, sin responderme, dio un grito y echó á correr nueva- mente hacia la fábrica, i Se había olvidado de entregar la carta á Mr. Gassot, víctima tal vez d e l m a r e o del per M! JOSÉ DE DIDU. IOS DE IIUEirrAS EOURE