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Ámi- ES artistas la esculpieron on los cscusones señoriales y. en los mármoles de los sepulcros, -pintores cortesanos adornaron con tilla los códices miniados, y las nobles ejecutorias; los espaderos de- Toledo y Milán la marearon á fuego sobre el arranque de sus templadas hojas; en joyas y en vestidos, en banderas y en coronas, sobre la escarcela del paje y en el libro de horas de la danuí; por todas partes, bordada, tejida, pintada ó tallada, siglos hubo en que parecía dueña del nunido la llor convencional, la flor heráldica cuyos pétalos ojivales perfuman toda la época feudal, como la flor sagrada del loto encierra en su cáliz todo el arte egipcio. Cambiaron los tiempos, y hoy la flor nobilísima que era enseña de las mesnadas y norte de los trovadores, se ha democratizado en corbatas y cenefas, en los modestos papeles pintados y en las cretonas estampadas de á dos reales el metro. Transformación natural, paralela á la que sufrió la institución monárquica: dejaron los reyes STIS armiños sofocantes, y respiraron con el pueblo al aire libre; se desconcharon las flores de lis de las dalmáticas y diademas, y vinieron á pintarse con colores baratos de anilina en las indianas de delantal y en los pañuelos de bolsillo. Hubo más: hubo el espíritu, no sé si digamos investigador ó demoledor de la época presente, poniue en muchas ocasiones, en casi todas, ambas palabras son sinónin ias, y en nombre de eso espíritu, y sin más prueba que la simple vista, se dijo que la flor de lis ni era flor, ni Dios que lo crió. Convengamos, efectivamente, en que nadie que por primera vez vea una lis heráldica adivina en ella u n a flor. Podrá parecer á lo sumo un manojo formado de tres hojas secas, y aun este parecido vegetal es difícil de encontrar en una figura como la lis de los blasones, más semejante á la silueta de un bicho aplastado ó al herraje de una bisagra. En estas semejanzas se apoyan los que ven en la flor de lis una rana ó un sapo (basándose en investigaciones arqueológicas y epigráficas que no me siento con ánimos de transcribir) y los que, acaso con más fundamento, ven en la flor de los Borbones no más que un hierro de lanza, recuerdo quizás d e algún arma ofensiva usada por los- guerreros merovingios. Hay quien lleva su fantasía hasta el extremo do ver en las flores de lis una transformación de las abejas que Cario Magno llevaba en el manto; pero precisamente en el blasón la abeja y la flor do lis rabian de verse juntas. L a flor de lis, símbolo de los Capelos y luego de los ISorbones, se marchitó disuelta en sangre sobro el cadalso de Luis X V I y pasados el Terror, el Directorio y el Consulado, cuando Napoleón transformó en solio imperial el trono de María Antonieta, resucitó las abejas carlovingias y dio á los batallones de su guardia las águilas do Roma. D e todas suertes, el problema del origen y significación de l a flor de lis es algo tan complicado y aun tan inocente, si quiere el lector, como el problo ma del movimiento continuo. Cuestión peliaguda sobre la cual se ha hablado mucho y se ha escrito más, sin que haya podido averiguarse tan siquiera si la lis heráldica es la m i s m a planta liliácea que florece en campos y jardines, y cuya flora presenta variedades casi infinitas. ¿r S? 3