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señoras; a gardenia de palidez mate, el crisantemo de largos ondulantes pétalos, la camelia, que aguanta más que otras, sin ajarse, el calor de la luz artificial, y la costosa orquídea. Hacia otra parte se colocaron las ñores más humildes: la clavellina, la escabiosa, la albahaca, el alhelí, la minutisa y el ranúnculo. Temblorosa de frío se presentó la del almendro, el girasol lleno de orgullo por lo buen mozo, la dalia despacito por no turbar la fría regularidad de sus formas; juntos, el tulipán y el jacinto; y el geranio rojo entró violento y osado como pensando que ante él palidecía todo. Quedóse el narciso contemplándose en el agua de una alberca, y asidas á los balaustres de las escalinatas y á las verjas y troncos, fueron encaramándose las trepadoras, desde las juguetonas campanillas y la severa pasionaria hasta el alegre guisante de olor y la rústica cabrahoja, que llaman madreselva. No faltaron la acacia y la mimosa, que crecen en alto, ni la enorme magnolia, y en un estanque se albergó el opulento nenúfar, que con su blancura esmalta la linfa verdosa de los ríos. Por último, en alegres grupos á modo de mujeres alocadas, aparecieron todas las variedades de rosas: la de cien hojas, espléndidamente hermosa; la de té, delicada como una rubia romántica; la de Alejandría, con aspecto de reina, y las de Bengala, corriendo juguetonas como chicuelas prontas á dejarse coger en bosquecillos y enramadas. La última en llegar fué la siempreviva, que hizo á todas estremecerse dé miedo evocando en ellas la idea de la muerte; pero pasó pronto, yendo á ocultarse tras un ciprés, con lo cual renacieron la animación y la alegría. A punto estaba ya el clavel de comenzar su discurso, formulando las quejas de todos contra la Primavera, cuando se oyó de pronto confuso vocerío. Era que los espinos y cardos, que formaban la guardia, no querían permitir la entrada á una flor que, seguida de muchas plantas, se obstinaba en pasar. Por fin éstas triunfaron y aquéllos tuvieron que ceder, dejándoles libre el paso á riesgo de ser arrollados, desparramándose entonces las invasoras por parterres y recuadros, donde se codeaban con las flores más finas y aristocráticas. Pué aquéllo X tíif vTr J- y r J: T w -t i j w- r f como la tumultuosa llegada de las mujeres del pueblo bajo de París al parque de Versalles cuando en son de amenaza entraron pidiendo pan. H a s t a los más feos yerbajos y las más ásperas malezas consiguieron pasar. Por los pétalos de las flores elegantes corrió un escalofrío de miedo: algunas sintieron asco, otras indignación; la do lis sufrió un ataque de nervios, y la sensitiva y la mimosa cayeron desmayadas. Pero los yerbajos y malezas, sin cometer el menor desmán, permanecieron quietos, abriendo luego en silencio paso á quien les guiaba. Su capitán ora una flor de aspecto vulgar, nacida sobre un tallo poblado de hojas verdes y obscuras, huérfana de primores de forma y de color, de un blanco dudoso ligeramente violáceo. Parecía endeble, á semejanza de esas hijas del pueblo que trabajan mucho y comen poco; y al modo que éstas suelen llevar á sus hijos asidos al delantal ó cogidos de la mano, ella llevaba sujetos á los filamentos de sus- raíces unos tubércxilos parduscos é iniperfeet. imento redondos. 8 u presencia levantó un clamoreo do protesta.