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LA FLOR DE LA PATATA (PARA LOS NIÑOS DE LOS RICOS) líptabiin enojadas las llores contra la Primavera, porque C a aJ casi todos los años adelantaba ó retrasaba su venida á la tierra, y q- uojábanso do que, á despecho del calendario, permitía unas veces la prolongación del invierm, y toleraba otras que so le echase el verano encima; culpábanla de que, dejándose acobardar por el frío ó huyendo ante el calor, trastornaba las con i ¡ciones de su vida y de su desarrollo. Con raziiu nuirmuraban do que aquella hija del año, amada jior todos los hombres y adulada por los poetas, los causaba daños gravísimos con su debilidad de carácter, pues estaba visto que no sa bía ó no quería oponerse á las tenaces escarchas, que transigía con los violentos aguaceros, y lo que era peor, que cuando tras unos cuantos días de luz y de temperatura favora bles al rompimiento de yemas, botones y capullos, comenzaban éstos á desplegar sus galas, dejaba que u n prematuro ardor los abrasase con su aliento de fuego; cedía sin lucha, y las pobres llores, predestinadas ya por Naturaleza á durar poco, veían su vida mermada, mortificada y afeada con enfermedades á que daban ocasión la sucia humedad, madre de lombrices asquerosas que devoran las raíces, ó el brutal calor, padre de feos gusarapos, que hacen su vivienda en los cálices y se pasean por las corolas. J Resueltas evitar tantos daños, decidieron oponerse á ellos. Acaudillaron la insurrección u n clavel rojo de carácter tan enérgico como su colu y u n nardo de voluntad tan fuerte como su aroma; pusiéronse luego todas de acuerdo gracias á los vientos, que acostumbrados á llevar gérmenes de un lado para otro, transmitieron convocatorias y mensajes; finalmente, se proi) nsieron celebrar una reunión magna, á la cual habían de asistir no S lo las flores primaverales, en primer término perjudicadas, sino también las de las otras tres estaciones, á las cuales se causaba indudable trastorno con aquella alteración c de las condiciones del año que había originado el alboroto. Fué lugar de la cita un jardín maravilloso que por su extensión y ornato superaba á los que h a n dejado fama en las historias y las fábulas. Aquellos de que habla Tito Livio, el que creó Tooírasto para colocar en su centro el busto de xlristóteles, los del Generalife de Granada y del Alcázar de Sevilla, el que tuvieron los Mediéis de Florencia, los de Versalles y Aranjuez, el por nadie conocido de las Hespérides y aun los pensiles de Babilonia fueran, comparados con éste, ta. n pobres y humildes como esos jardinitos que los empleados de las vías férreas suelen plantar junto á sus casetas en la soledad de los campos. No hubo flor que dejara de acudir; vinieron, unas por curiosas, otras por quejosas, todas contentas de gozar aquella libertad de moverse que, por arte de magia, les fué concedida para que sin morir pudieran desprenderse algunas horas de la tierra. Llegaron primero, como más ágiles, las menudas floreoillas de montes y praderas, las que brotan espontáneamente entre ¡os riscos y las que crecen en los sembrados ó junto á la linde de heredades y caminos; el áspero brezo, el lirio silvestre, los chupamieles, la mejorana, el azulejo, la amapola, el trébol, la bellorita la zarzamora y el menudo botón de oro. Después, las flores que el hombre cultiva y desarrolla: la azucena, la lila, el pensamiento, los miramelindos y dondiegos, la anémona, la peonía y la clemátide. Por entre recuadros ié boj y fajas de césped vinieron la yerba doncella y la verbena; sin que nadie viese por dónde, entró recatándose la violeta, y en las umbrías húmedas se sentó la hortensia, en tanto que el granado, la estragemia y la adelfa extendían al sol sus cargadas ramas. J u n t a s en hermoso grupo aparecieron las flores preferidas de las grandes