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x. br 44, í i- S t 7 t- W l nnjcíu irallardo; su fnínti era nolile: su luirad: urdiente; sus adórnanos domüuidores; su melena- -que ensortijaban las T) rÍBas del paraíso- -espléndicia y flotante. Y, sin embargo, los ángeles sospecharon desde el primer momento que aquel ser tan hermoso había de darles muchos disgustos. Adivinaban- -no sé por qué- -que el hombre era un ser grande, pero un s 6 r peligroso. Un mal observador se hubiera contentado con admirar la divina escultura paradisia (ta; pero los ángeles, los querubines y algún serafín que otro, adivinaban en aquel hermoso cuerpo y bajo aquel noble cráneo gérmenes de pasiones funestas. Y se volvieron á sus celestes palacios murmurando por lo bajo de aquella última, y al parecer, lerfeií i creación. Porque al fin los ángeles pueden caer en el mal, como lo probó más tarde Luzbel, y la munnuraí ión es la primera de las tentaciones. Pero Adán se durmió: y ¡nientras dormía, el Omnipotente creó la mujer, como quien echa el resto y dice con divino orgullo: Hasta aquí. Conste que todavía las flores no existían. Y siempre el inmenso manto de verdura. los c: ielos brumosos, las puestas de sol rojizas, los turbiones inmensos terminando por lluvia uniforme y menuda, que venía á humedecer la tierra, á llenar los arroyos y los ríos, á abrillantar con nuevos reflejos las masas verdosas de los heleclios. Y sobro aquel fondo verde el cuerpo desnudo de Adán y el blanquísimo cuerpo de Eva, como dos divinas estatuas de mármol. Llegó la noticia al cielo de la nueva creación, y se agitaron ángeles, querubines, serafines y dominaciones. Hay un nuevo ser en la tierra, iue es la mujer: hay que verla. Y los ángeles so asomaron ara escudriñar el Paraíso desde los huecos de sus ventanitas azules. Y quisieron ver más de cerca á Eva, y bajaron á las nubes y quedaron asombrados; y hubicra, n bajado hasta el suelo para rozar con pero no se atrevieron sin permiso Abrííin los ojos azules para ensan pilas, b a t í a n l a s alas, suspiraban an desea, ban acercarse más á todo tran Era el sol naciente; las nubes se ib garrando, porque el sol también (p ver á Eva, y á 1; S turbiones noctnrii había, sucedido una menuda lluvia como de gotitas do cristal. Tin ari i. H, i- Bí i í vrí n ¿H I