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j. Te 1 í LAS FLORES En las primeras edades geológicas las flores no existían. Al menos las que nosotros conocemos; las de graciosas formas y brillantes colores. El mundo vegetal era una inmensa capa de verdura. Algo así como la yerba, como el musgo, como el liquen, como el lielecho. Las plantas tenían sus amores, pero, por decirlo así, difusos; ocultos bajo el mati uniforme de la clorofila. De ahí vienen las criptógamas. iM- an, por decirlo así, harenes cerrados y misteriosos. Cómo de aquel verde uniforme han brotado las flores con los matices brillantes del arco ris, podrá explicarlo la ciencia moderna por la gran teoría de la evolución. Pero la leyenda isía también lo explican á su modo. La leyenda que voy á referir, ó que voy á inventar, debe ser la más acreditada, y es una explicación muy satisfactoria del nacimiento de las flores. I jmpecemos, pues, por la leyenda. Cuando Dios forjó nuestro globo terráqueo, hubo gran curiosidad en el cielo por adivinar lo que podría ser aquella obra del Poder infinito. Y mientras la costra sólida crujía en convulsiones de alumbramiento, y los mares iban de acá para allá con movimientos torpes y brutales de monstruo que acaba de nacer, y las nubes se amontonaban en el cielo, y el sol pugnaba por romperlas para venir á clavar sus ardientes rayos en los espesos bosques de verdura y en los inmensos pantanos que bajo la fronda se extendían, los ángeles asomaban sus cabezas por las ventanitas del cielo para curiosear por montes y por valles de la naciente tierra. Llegó un día en que apareció el primer hombre, y la curiosidad angelical creció de punto. ¿Qué será el nuevo sor? se preguntaban ángeles y querubines. Y para satisfacer su curiosidad, bajaron del cielo y se posaron en unos y otros nubarrones, estirando 1 J, S cuellos por los bordes de las inmensas y vaporosas masas. Y vieron ni hoinbrc: y híiy cjue confesar Que el Adán primitivo no l- cs sfitisfízo por completo.