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LAS FLORES A tierra española fué el tema que desarrollamos hoy hace nu año en nuestro Número- Almanaque. En ella nos fijamos, no para contemplar abierta la sepultura nacional, sino para cantar los frutos que son fuerza y vida, algo más real y positivo que la dorada leyenda, cuya constante evocación hizo más ruidoso nuestro desastre, dándole apariencias de caída mortal. Bastó con que la actividad española tomara nuevos rumbos, si menos brillantes, más prácticos que los que nos llevaron al fracaso, para que el espiritu se reanimara y viéramos seguro el porvenir, que era como volver la alegría al alma. Las floras que en nuestro Número- Almanaque del año pasado hubieran parecido corona funeral, son hoy expresión de la nueva vida; que no ha de ser eterno el luto, y mucho menos cuando se reconoce que lo muerto bien muerto está. No son las flores adornos de la vida: son toda la vida. Adornan la cuna del recién nacido, son la codicia del adolescente, señalan paso á paso nuestros amores, son homenaje de nuestros triunfos y recrean el refinado olfato de la vejez. La niñez se corona de rosas, la desposada luce el ramo de azahar; una flor es el premio codiciado por los poetas, y el triunfo del artis- ta un ramo arrojado á sus pies. Adornan la mesa de los ricos las delicadas orquídeas, que simulan abejas y mariposas, y alegran el cocido del pobre los rojos claveles y las verdes albahacas de la bohardilla. País sin flores es país sin vida. En nuestra tierra privilegiada, donde toda semilla da su fruto, se abren á la luz la flora de los trópicos y la flora de las latitudes casi polares. Las menudas, florecillas que en medio de las nieves siembran de leyendas y aromas los picachos alpinos, surgen también en las alturas pirenaicas, e las sierras granadinas y en la montaña de Santander; las flores encendidas del África brotan en los verjeles andaluces, y la flora variadísima y esplendente que hizo de Holanda y hace de Niza el pensil de Europa, no resiste la comparación con nuestros jardines y huertas de Valencia y de Murcia. En las costumbres religiosas de nuestro pueblo, las flores son el principal objeto de culto. Ellas adornan capillas y retablos, peanas y hornacinas; caen sobre el palio el día del Corpus y adornan la cabeza de las vírgenes el día de su comunión primera. Desapareció de la costumbre el diezmo y la primicia del fruto, pero quedan, como queda siempre la verdadera poesía, los diezmos y primicias del jardín, de la huerta, de las ílores del campo, cuyos primeros aromas y colores son para la imagen de la Virgen y para los floreros del altar. Si toda flor tiene su leyenda, las más numerosas y poéticas son leyendas religiosas. Eosa mística llamamos á la Virgen, él morado lirio es la túnica del Nazareno, la pasionaria el símbolo que indica su nombre, y los claveles encendidos, que recuerdan la sangre del Justo, adornan la cabeza y el pecho de las devotas en los días so lemnes de Semana Santa. Tema simpático y nacional éste de las flores, no puede ser desarrollado en un número de periódico, siquiera sea extraordinario como el presente. Quede compensada la cantidad escasa con la calidad escogida de los originales que honran nuestras páginas, y que no vacilamos en encomiar, por lo mismo que en el mérito del presente número, si el lector alguno le encuentra, es el menor padre de todos LA EBDACCIÓ. N