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rr- í if I LA NAVIDAD DE ANTAÑO Mutatis mutandis, el aspecto de la Plaza Mayor de Madrid en los días de Navidad era iiace oinouenta años el mismo que hoy presenta á los mareados ojos y á las aturdidas orejas del comprador ó del OTirioso. Los escritores de la época, Fígaro, Mesonero Romanos, Fernández de los Kíos y toda la nube de costumbristas mediocres que ocupaban la gacetilla literaria, han descrito en largos artículos la Navidad madrileña; por aquel entonces el artículo de costumbres era género literario en boaca, y en verso ó en prosa, la dessripeión de la Plaza Mayor de Madrid se imponía en la prensa literaria. El ingenioso lápiz de Ortego tomaba del natural curiosas escenas, adornando con sus dibujos las páginas del Semanario Pintoresco y del Museo Universal. El Curioso Parlante, en un artículo titulado Bl aguinaldo, publicado en las Navidades de 1832, dice lo que sigue de la Plaza Mayor por aquellos días: Pasmado se hallaba el bravo oficial al considerar toda aquella provisión de víveres, capaz de alimentar á la población de Pekín, y bien que acostumbrado al redoble del parche ó al estampido del cañón, todavía se le hacía insoportable el espantoso clamoreo de los vendedores y vendedoras de dulces y frutas; el pestífero olor de los besugos viviios de hoy; el zumbido de los instrumentos rástioos, zambombas y panderos, chicharras y tambores, rabeles y castañuelas; el monosílabo canto de los pavos y las escalas de las gallinas, que atados y confundidos en manojos, cabeza abajo, pendían de los fuertes hombros de gallegos y asturianos; el rechinar de las carretas que entraban por el arco de Toledo, henchidas de cajones, que en enormes rótulos denunciaban á la opinión pública los dichosos á quienes iban dirigidos; la no interrumpida cadena de aldeanos y aldeanas, montados en sus pollinos, que se. encaminaban á las casas de sus conocidos de la corte á pasar las pascuas á mesa y mantel, en justa retribución de una cantarilla de arrope ó una cestita de bollos que les traían de su lugar; el eterno gruñir de loa muchachos, cuál porque un mal intencionado le había picado e l r a b e l cuál porque u n asesino le había llevado de un envión entram bas piernas del pastor del arcabuz ó de la oharrita de Belén, y en fin, el animado canto de los ciegos que entonaban sus villancicos delante de las tiendas de beber. Dibujos de Ortega, reproducidos del Museo Pintoresco.